Educación vial para todos

Muchos de nosotros recordamos aquellos tiempos en los que habí­a gente en las escuelas, fura de sus instalaciones, con chalecos y pancartas ayudando a dirigir un poco el tráfico que por lo general se pierde en toda su lógica normalidad: la gran mayorí­a de los padres de familia pensamos que nuestros hijos son lo más importante, lo que nada tiene de malo, salvo cuando afectamos a terceros y nos estacionamos en doble, tercera o hasta cuarta fila, así­ como cuando no atendemos las indicaciones naturales de vialidad.

El problema en las escuelas es de la autoridad que es ajena a ello, que poco participa con el pretexto de que œla gente no le hace caso, pero definitivamente, es más problema de actitud de todos nosotros que de los policí­as que pretenden, en algunos casos, poner orden y,. en otros, hacer uso de su uniforme y con toda prepotencia actuar contra la ciudadaní­a.

Pero no hay duda de que los principales culpables de estas crisis somos los automovilistas, los padres de los escolares: los ciudadanos que pensamos que œpoquito tiempo no afecta a los demás, y en actitudes totalmente egoí­stas no pensamos en las afectaciones a terceros.

Somos casi siempre incapaces de enseñar a nuestros hijos a respetar al automovilista, con la idea equivocada de que los peatones tenemos derecho a pasarnos por donde queramos, a la hora que queramos, a cruzar las calles al inicio, a media cuadra o al final, con al ritmo de caminata que nos plazca, sin respetar un mí­nimo el derecho del automovilista que también es ciudadano, y también tiene derechos.

No somos capaces de apurar a los hijos cuando llegamos a la escuela y bajan del vehí­culo con una parsimonia impresionante, con una flojera que contagia y contamina el ambiente.

No es enseñamos a respetar a los demás, en pocas palabras.

Y es que no somos el ombligo del mundo y así­ lo debemos entender, porque ese tipo de actitudes de egoí­smo y prepotencia son las que han hecho que las escuelas vivan un caos vial a la hora de entrada y salida de los cursos, provocando que muchos nos aceleremos de más y hasta conflictos entre padres que pocas veces desencadenan en actos de violencia.

Si, los tránsitos tienen la obligación de poner orden, porque es su trabajo, pero si los ayudamos podrí­amos mejorar mucho las cosas, haciendo caso a sus indicaciones y a las de los padres que se prestan a ayudar.

Ya muchos padres no quieren participar porque saben que acabarán peleados con más de tres necios e inconscientes de esos que llegan tarde y quieren que todo mundo rinda a sus pequeños hijos.

Insistimos mucho en el hecho de que nuestros hijos son una maravilla, pero no son la más grande del mundo, y tienen tantos derechos y obligaciones como los del de a un lado o el de enfrente, por lo que debemos enseñarles a respetar a sus conciudadanos.

Pero si no lo hacemos en esas etapas formativas, qué podemos esperar cuando crezcan que sean de esos abusivos y prepotentes que echan el carro encima a los demás y se estacionan donde les viene en gana.

Es muy hermoso vivir con orden, hacer lo que tenemos y queremos, pero en un marco de respeto hacia los demás.

Insistimos en que en este tipo de asuntos tienen que ver la autoridad, los padres, los alumnos y todo cuando participa en la convivencia social, por lo que debemos hacer la parte que nos corresponda, y exigir a nuestros hijos el cumplimiento de las normas elementales de respeto a los demás.

Y entonces, podrí­amos volver a instrumentar esos programas con la participación de los padres, y todos educarnos y apoyarnos, para mejorar este mundo en el que vivimos y donde la violencia y el egoí­smo son piedra fundamental del desarrollo que no queremos para nuestros hijos.

Es hora de pensar en el cambio que necesitamos: es hora de dar el paso a la civilidad ciudadana, pues.