Niños de diferentes razas y culturas festejan el Dí­a del Niño en la Casa AMAR

Nuevo Laredo, Tamaulipas.- Un peculiar festejo del Dí­a el Niño fue realizado en la casa AMAR, un refugio para migrantes que brinda atención a 425 personas de diferentes nacionalidades, entre ellos 120 niños que ahí­ conviven temporalmente, y que juntos celebraron este martes el Dí­a del Niño con un festejo preparado por el director del lugar, Aarón Méndez, y el apoyo de personas y organismos altruistas.

Poco después del mediodí­a, decenas de niños de ífrica, Rusia, Cuba, Honduras, Nicaragua, El Salvador, Guatemala, Venezuela, México y otros paí­ses, pasaron momentos de diversión íºnicos, al disfrutar de piñatas, dulces, juguetes y regalos que les fueron ofrecidos durante el festejo, además de una comida especial para este dí­a.

œEn este dí­a se festeja el Dí­a del Niño, y buscamos la manera de tener un poquito de alegrí­a para ellos, y buscar la forma para que los niños pasen momentos bonitos, ya que muchos de ellos desconocen porqué están aquí­, y desconocen hacia a dónde van, porque son los padres los que los traen, por lo que buscamos que en este dí­a sean felices y la pasen en compañí­a de niños de otros paí­ses y puedan disfrutar de este momento, explicó el pastor y director del albergue.

El lugar es reducido debido a la gran cantidad de carpas que impiden caminar con libertad, pero eso no impidió que la barrera del idioma obstaculizara la formación de una enorme fila de niños que sin saberlo hicieron de esta fiesta infantil un crisol cultural que pocas veces se ve en el mundo, al convivir en un mismo juego, que fue el de la alegrí­a y la convivencia.

Aunque en Rusia se festeja en julio, en Venezuela en junio y en fechas diferentes en otros lugares del mundo, aquí­, en la casa AMAR el festejo infantil unificó naciones, borró fronteras, y todos hablaron el mismo idioma que fue el de la convivencia.

œHablamos con todos en la mañana acerca de que hoy es el Dí­a del Niño en México, y que otro dí­a puede ser para otro paí­s, pero lo que buscamos hoy es juntarnos, unirnos y disfrutar todos del mismo festejo, explicó el pastor.

Una pareja rubia de rusos que huyen de la que llamaron ˜dictadura™ del presidente Vladimir Putin, estaban sentados con una niña de 6 años, quien al inicio del festejo se mostró indiferente, pero al ver la alegrí­a de los otros niños haciendo fila para romper la piñata, no dudó y participaron junto a su madre de la alegrí­a colectiva, e incluso la niña participó con el resto de los menores para hacer fila y romper las piñatas.

Otras tres niñas africanas se acercaron con timidez a la piñata, pero al ser rota se aventaron al piso para tomar los dulces y los regalos que en su interior habí­a.

Hombres y mujeres, rusos y africanos, cubanos y venezolanos, hondureños y salvadoreños, mexicanos y guatemaltecos, todos juntos disfrutaron de este peculiar festejo convertido en un interesante proceso de transculturación que pocas veces se puede observar y vivir a plenitud como en este refugio saturado por personas de razas y culturas muy diferentes.

Moros y Cristianos

Mientras adentro aíºn se disfrutaba de la alegrí­a de las ˜piñatas y los dulces, afuera, a escasos 20 metros, un grupo de cubanos guisaba un apetitoso platillo tí­pico de la isla caribeña: Moros y Cristianos, que se prepara con frijones negros y arroz blanco combinado, y encima se le agregan papas previamente cocidas y luego asadas con un poco de carne de cerdo.

Pero si se prefiere el arroz con gris, solo se cambia el color del frijol por uno claro y los mismos ingredientes, platillos que ya son del gusto de los migrantes e incluso, de los vecinos que llegan a comprar este delicioso platillo cubano a precios muy baratos.

–¿Si sabes guisar porque no te quedas en México y pones un negocio? Se le preguntó a una guapa cubana de pelo rubio, quien a modo de respuesta dijo que no, porque querí­a cruzar a Estados Unidos como refugiada polí­tica.

Cerca de ella un robusto cubano, al parecer su esposo, hací­as las entregas a los clientes, y en cuestión de 30 minutos preparó cerca de 10 platillos, mientras a un lado una docena de cubanos festinaba la comida tomando lo que ellos llaman agua de fruta o licuado, una especie de limonada pero con el toque antillano y refrescante del cálido clima de aquellos lugares.

En este pequeño espacio cercano a la casa AMAR, el ir y venir de migrantes de los paí­ses mencionados es ya algo muy comíºn. Familias africanas caminando con sus hijos, cubanos en los comercios cercanos, y centroamericanos que llegan y se van contratados por residentes locales que buscan mano de obra barata para trabajos domésticos.

Así­ es ya la vida en esta parte de la ciudad, poco a poco dominada por migrantes que tienen hasta seis meses esperando la tan ansiada visa humanitaria o asilo polí­tico de ˜Tí­o Sam™, que nos les llega y que desespera a las mujeres embarazadas que tienen que dar a luz en hospitales locales y registrar a sus hijos como mexicanos.

De quedarse algunos a vivir en esta ciudad, de seguro dará lugar al nacimiento de otra subcultura, ni mexicana ni estadounidense, ni TexMex, tal vez surgirí­a una que ni los antropólogos podrí­an bautizar, pero que ya existe en esta ciudad.