Doctorados œpatito

El escándalo en el que se ha visto envuelta la œpseudo comunicadora Laura Bozo al recibir un doctorado œhonoris causa que, se dice, pagó 30 mil pesos por ello, ha desatado el tema en la agenda cotidiana: los doctorados que tenemos, ¿hasta donde son válidos?

Es una triste realidad que los denominados œHonoris Causa son, en su mayorí­a, compromisos económicos o polí­ticos; de esta forma, dos legisladores perredistas obtuvieron el suyo, por el simple hecho de prestar una instalación oficial, del Congreso de la Ciudad de México, para ser doctores Honoris Causa. Nada más inmoral y fraudulento. Hoy cualquiera ostenta un doctorado de esos.

Una de estas personas dice que gestionó el salón, pero no supo para qué lo querí­an, a lo que nos preguntamos: si llegan terroristas a pedir el pleno del Senado, ¿Se los prestarí­an? La respuesta de la legisladora pone de manifiesto la ignorancia supina con que se elige a los œrepresentantes populares que no son más que una caterva de vividores de la polí­tica, y en el sentido académico, comerciantes de beneficios, que no saben ni en que pie están parados.

Es comíºn saber que en las universidades de nuestro paí­s se ofrece el dar doctorados a muchas personas; de esa forma, la gran mayorí­a de directivos de escuelas y facultades han logrado tener en sus tarjetas de presentación la sigla que los œavala como doctores. Los que hemos recorrido la senda académica y de investigación sabemos que hay personas, directivos de facultades que no saben escribir una cuartilla sin errores, y presumen sus tesis doctorales, muchas veces, entregadas y pagadas por encargo especial a investigadores sin principios que se venden, como prostitutas académicas, al mejor postor.

Es una vergí¼enza saber que alguien se ostente como doctor, y las universidades, ávidas de llenar los indicativos de calidad y de las evaluaciones que se llevan a cabo solo para certificar una realidad que no existe, permiten este tipo de fraudes.

Otros œdoctores participan en muchos congresos y mandan artí­culos a revistas indexadas, pero con la casualidad de que lo que enví­an son trabajos que solicitan a sus alumnos so pena de reprobarlos si no los entregan.

La corrupción en este sentido es manifiesta. No puede un investigador hacer un trabajo de investigación por mes, cuando se requiere leer mucho: hay artí­culos que requieren la consulta de más de 50 libros: ¿Es posible hacerlo en una semana?

Y con esas bases œacadémicas, no podemos pensar en una sociedad justa y legal, donde los doctores son de mentiras y los investigadores son plagia-textos de sus alumnos de todo nivel.

Quien se encuentre en el ambiente académico y sea un poco honesto -solo un poco- sabrá que es una realidad la aseveración que se ha hecho, y que deberí­amos hacer algo por evitar este tipo de fraudes.

Lo de la animadora peruana es la gota que ha derramado el vaso. Es donde los que se presumen honestos a carta cabal deberí­an cancelar concesiones y nombramientos a escuelas, cetros de investigación y facultades que se prestan a este tipo de fraudes, y certificar a los doctores con algíºn mecanismo que avale su preparación.

Finalmente, cada quien es responsable de sus actos, pero la autoridad debe castigar a todos esos funcionarios de universidades píºblicas que se ostentan como doctores, y cuando no saben siquiera de qué forma se citan las referencias bibliográficas segíºn APA, o qué partes debe llevar un artí­culo indexado.

No podemos permitir tanta desvergí¼enza. Es aquí­ donde la autoridad universitaria debe apretar y hacer más estrictos los requisitos para validar a sus doctores, que solo buscan el tí­tulo para presumir o para cobrar un poco más, entregando, insistimos, trabajos y artí­culos que son plagiados, robados, que no son de su autorí­a, y con esa falta de calidad moral, obviamente, formarán profesionistas carentes de calidad moral y de principios.

Es hora de validar a los que estudiamos, y de desechar y exhibir a lo que no lo hicimos. Por un acto de justicia para con una sociedad harta de corrupción y de simulaciones.