Cuidar la democracia

Uno de los mayores logros que tiene la sociedad como tal es haberse organizado en torno a la democracia, un principio que lleva intrínseca la lógica de hacer que se preserve la voluntad de la mayoría.

A la democracia hay que cuidarla como se cuida una planta, con bastante tesón, pero también con cierto aprendizaje: para querer algo hay que conocerlo bien… no se puede querer, desear, esperar ni defender aquello que se ignora.

En lo que llevamos de este siglo XXI cada vez hay mayores amenazas que atentan contra la salud democrática de un país, no es únicamente el ostracismo ciudadano, de aquel elector desidioso y díscolo que decide no votar; se añaden muchos factores externos e internos comenzando por la apatía generada por las recurrentes crisis económicas que dejan sin aliento a una población cansada de salir perjudicada.

Sobre todo la clase media que es la generadora de los grandes cambios; al peso de la debacle económica se suma la losa de la corrupción, otro de los grandes espectros que minan la salud de la democracia porque la gente deja de creer en las posibilidades reales de mejorar.

No hay nada peor para las generaciones de potenciales electores que la sensación de que nada cambiará, de que las cosas están dadas por sí solas, acaso la sensación más negra y desastrosa como si fuese un cáncer que todo lo fagocita hasta alejar a las mayorías de las urnas.

Llevamos algunos años difíciles, no son pocos los organismos y think tanks, que vienen alertando cómo en los últimos tiempos han incrementado los tintes autoritarios en varios países en detrimento de los valores en pro de la democracia.

En medio de la pandemia más desastrosa de nuestras vidas, experimentamos una creciente polarización entre dos fuerzas ideológicas apostadas en los extremos, sin embargo, una y la otra igual de perjudiciales: la extrema izquierda y la extrema derecha.

En Europa, ambas se han venido reactivando en la medida que las cosas empeoran, sobre todo aquellas que dan de comer, entonces la gente saca al ultranacionalista que lleva dentro y se enroca en defender su plato de comida primero, antes que los demás.

En Asia, los vientos huracanados soplan a favor de las autocracias, el retorno hacia peligrosas y violentas dictaduras con masas ciudadanas subyugadas, aleccionadas, adoctrinadas y manipuladas va extendiéndose ya no es únicamente Corea del Norte sucede en China con la intención de Xi Jinping de quedarse en el poder permanentemente como acontece en la Rusia de Vladimir Putin; los movimientos del golpe de Estado en Birmania son tan solo un mal augurio de lo que está por venir en otros países.

Y el espectro latinoamericano es también un mosaico sensiblemente fértil para la mano dura, como si fuese una maldición, los nacionalismos siempre están a la vuelta de la esquina con populismos como cantos de sirena dispuestos a endulzar los oídos del más pobre o del desempleado; y del amargado porque está fuera del sistema, del fracasado y del empleado promedio acostumbrado a una paguita.

A COLACIÓN

Si la gente no cuida su democracia, ésta se muere; y entonces el ciudadano es un títere a manos de quien gobierna y de sus cabecillas que le acompañan.

También ya sabemos cómo acaban de mal las cosas porque la propia Historia está atiborrada de ejemplos: de dictadores colgados por las huestes, de grandes guerras desatadas por sátrapas; de miles de abusos a personas, genocidios, hambre, desastre, destrucción y una polarización enfermiza… sin la democracia no hay nada bueno.

La pandemia lleva tendencia a minar la fe ciudadana en sus democracias y hay algo de publicidad negativa en medio de esta guerra biológica, porque China presume de haber gestionado mejor que ningún país el golpe de la emergencia sanitaria que por cierto comenzó en Wuhan; aunque nunca llegaremos a saber la verdadera dimensión de cuánta gente ha muerto en el gigante asiático.

El desánimo y la pesadumbre se convierten en ostracismo, en no votar, en no participar; y se culpa a todo: al gobierno por su incapacidad, a los políticos por robarse el dinero, a las leyes por no servir, a las instituciones por su mediocridad. Esa dañina apatía calcina la democracia y favorece la manipulación de la gente obrando como si se extendiera un cheque en blanco para quien gobierna.

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