Dependencia hacia el exterior

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Sin pollo, sin espinacas, faltan algunos quesos, también se acaba rápido la carne irlandesa mientras que los plátanos vuelan; simplemente, hacer la compra –entre el jueves y el sábado– en un supermercado clasemediero en España, evidencia precisamente la ruptura de las cadenas entre la producción y la distribución pero igualmente la grave dependencia que se tiene hacia el exterior en muchos productos.

A lo largo de estos días, varias mesas de análisis debaten entre economistas avezados la grave dependencia que tiene España (y el resto del mundo) hacia China y clavan la punta de la flecha en la diana: desarrollar más el mercado interior para reducir la dependencia no solo hacia el gigante asiático sino también hacia otros países.

La realidad es que el mundo está ahora más vertebrado comercial, tecnológica, empresarial y digitalmente que nunca antes en los siglos de los siglos, y aunque se discute el nuevo modelo productivo, económico y de desarrollo que emanará en un mundo pospandemia es muy pronto para aventurar una reducción hacia el exterior a cambio de ensanchar el mercado interno.

Yo estoy convencida de que, de una u otra forma, saldremos fortalecidos de esta inédita crisis sanitaria, el ser humano aprenderá de estas lecciones y habrá muchos cambios y para mejorar. El lobo finalmente nos ha enseñado sus dientes afilados, nadie quiere repetir otra vez la situación que para todos, sin excepción alguna, ha sido dura y difícil.

Mientras fluyen las propuestas para fortalecer el sistema educativo digital así como la atención sanitaria, el tema de la distribución de los insumos es una realidad no es solo cuestión de comida, lo es de otros commodities como el algodón, los granos, el petróleo, el gas o hasta el cobre entre otros más.

Que no hay chips, ni microchips, no porque estén desfasados o fuera de producción sino porque no están siendo suministrados a tiempo, la producción se va reactivando pero hay un cuello de botella en las puertos; las navieras de transporte no recuperan del todo su ritmo y el colapso está dejándose sentir.

China que está siendo un jugador clave en la geoeconomía está atestiguando cómo la pandemia le está poniendo patas arriba su modelo de la Nueva Ruta de la Seda en el que está invirtiendo, miles de millones de dólares, para crear infraestructura en otros países y favorecer precisamente el trasiego de sus bienes, productos y mercancías.

Para ello está invirtiendo el oro y el moro, sobre todo en infraestructuras que tienen que ver con el traslado de las mercancías: puertos, líneas ferroviarias, aeropuertos y carreteras.

Claro, pero si todo esto se levanta y lo que no funciona es la cadena de logística de distribución, de poco sirven todas las infraestructuras. Hoy China está estrellándose con este enorme cuello de botella que ha disparado los precios de todas las materias primas encareciendo los precios finales y provocando que los consumidores tengan que pagar más haciendo mella, en consecuencia, en la inflación.

A COLACIÓN

Se va notando un cambio en los hábitos de consumo y alimenticios esto también como resultado de la pandemia, hay un desdén hacia lo enlatado, los embutidos y los productos procesados… la gente quiere comer más fresco pero igualmente tiene un precio.

Y ese precio depende de la capacidad de producción de cada país. España es considerado uno de los principales exportadores de frutas y hortalizas de la Unión Europea (UE) muchas de sus fresas, plátanos, tomates y otras variedades llegan a la mesa de los comensales europeos.

Mientras que en el país ibérico cada vez más frutas, verduras y hortalizas llegan desde América Latina, Asia y otras regiones luciendo una interesante variedad: si en 1999, encontrar un aguacate en los supermercados era casi imposible hoy en día hay aguacates por todos sitios así como mangos, piñas, chirimoyas, granadas, papayas y otras especies como las carambolas o las pitayas.

Lo que actualmente está creciendo es una presión ante el desperdicio de comida: en España, se desperdicia semanalmente 25.5 millones de kilos de alimentos por hogar, según datos del Ministerio de Agricultura, Alimentación y Medio Ambiente.

Que no se desperdicien más alimentos y para eso ciertos sectores, primordialmente productivos, están pidiendo que aquellas frutas, verduras y hortalizas que no estén “tan guapas” para ser vendidas en los supermercados porque la naturaleza no las hizo perfectas puedan ser igualmente vendidas en lugar de ser tiradas a la basura o bien vendidas por centimillos a fábricas que las usan para jugos, purés y otras conservas. Lograrlo será toda una odisea porque primero habrá que educar el consumidor para que lleve a casa también lo que no luce perfecto. Sin lugar a dudas, estamos en una fase de transición en muchos aspectos… bienvenida sea.