Si Trump consuma su amenaza de anexionarse Groenlandia por la fuerza sería el fin de la OTAN. Europa transita por sus horas más bajas atrapada entre dos hiperliderazgos narcisistas: Putin con sus creencias mesiánicas de recuperar el brillo soviético y Trump, con sus ambiciones económicas con negocios en los que involucra fundamentalmente a su familia y amigos.
Hasta el día de hoy, Mark Rutte, secretario general de la OTAN, no ha expresado ninguna palabra al respecto de las agresiones verbales del presidente norteamericano sobre Groenlandia y que atañen a Dinamarca; un país aliado de Washington y miembro de la Alianza Trasatlántica.
A Rutte, quien fue primer ministro de Países Bajos, se le conoce coloquialmente como “teflón Rutte”, a este profesor de escuela prácticamente todo se le resbala.
La indignación por su silencio aquí en Europa es creciente. Ese silencio solo envalentona más a Trump y hace que su política contra sus tradicionales aliados europeos se sienta como la peor de las borrascas de invierno. Que el líder de la Alianza ni siquiera pida una reunión extraordinaria de los aliados con Trump y los secretarios Marco Rubio y Pete Hegseth es interpretado como la peor de las cobardías. Calla y el tirano se hará más fuerte.
La OTAN nació el 4 de abril de 1949 y en la actualidad aglutina a 33 países en esta alianza defensiva con capacidad de disuasión y cuya creación significa la tranquilidad para sus miembros porque proporciona un paraguas de protección mutua y múltiple ante un ataque de un Estado.
Sí, un ataque de un país no miembro por supuesto. Un ataque de Rusia o de Irán o de China o de Corea del Norte… un ataque como el de los talibanes a Estados Unidos en 2001 y que motivó la activación del Artículo 5 de la OTAN sobre la defensa colectiva para atacar a Afganistán.
Para eso y más, está preparada la OTAN, pero no para que un país miembro ataque a otro país miembro. No para que Estados Unidos invada a Groenlandia un territorio perteneciente a Dinamarca desde 1814.
A COLACIÓN
Aquí en Europa se barajan todas las posibilidades sobre las acciones que Trump, Rubio y Hegseth podrían tomar sobre Groenlandia y, además, hacerlo de manera inminente. ¿Cuál es la prisa? Hay que hacerlo antes de las elecciones
legislativas del 3 de noviembre.
Las expectativas de que los republicanos pierdan el Congreso son muy elevadas así es que operaciones como la de Venezuela serán muy probables en Cuba e Irán.
Con Groenlandia, podría haber un referendo independentista financiado por Trump y tener así la justificación (a lo Putin) de que los groenlandeses no quieren depender más de Dinamarca y hacerlo en cambio de Estados Unidos. O también podrían llevar a cabo una rápida operación militar, sin heridos ni resistencia alguna, y exigir la cooperación política del actual primer ministro de Groenlandia, Jens Frederik Nielsen.
O también está la opción más polite: que Estados Unidos compre Groenlandia. El periódico italiano Il Corriere Della Sera recientemente publicó que la Casa Blanca podría ofrecer 2.76 billones de dólares por la compra de esta isla que es la más grande del mundo.
Precisamente esta semana, habrá una reunión entre el secretario de Estado de Estados Unidos, Marco Rubio y un grupo de líderes daneses con los que discutirá la idea de anexarse a Groenlandia.
La presión es brutal y las consecuencias también lo serán. Mientras los políticos europeos hacen mutis, demostrando sus flaquezas y su miedo, a que Estados Unidos abandone a Europa a su suerte; ante las ambiciones imperialistas de un Putin, que estos días se encuentra bastante callado, pero eso sí observando como un águila astuta cada movimiento de la Casa Blanca.
Hay razones de seguridad y defensa nacional que el Pentágono esgrime para apropiarse de la isla de hielo. Quieren evitar otro Pearl Harbor. Quieren evitar que rusos, chinos y también terroristas puedan usar Groenlandia para atacar a Estados Unidos.
Las rutas de navegación y si Groenlandia tiene tierras raras o petróleo son en este momento razones secundarias. Las rutas de navegación se abrirán algún día, en 50 o 70 años; en cuanto a las tierras raras no tienen grandes reservas como tampoco de petróleo. Su economía depende de la pesca y del sector primario de la producción. Prácticamente, Dinamarca mantiene a Groenlandia. Así es que el gobierno danés debe calibrar si perderla o venderla y tomar la decisión más sensata para no poner en riesgo la existencia de la OTAN.