La maestra Ernestina Olmedo Núñez es la protagonista central de la presente entrevista concedida a este medio, en ocasión del 39 aniversario de su pesadilla el Jueves de Corpus de 1971, como estudiante de la Benemérita y Centenaria Escuela Nacional de Maestros, en la capital del país; Actualmente es catedrática en el Sistema Educativo Estatal de Tamaulipas
Sinopsis: La tarde del 10 de junio del año 1971, en el edificio de la Nacional de maestros, una manifestación estudiantil que pasaba por el exterior de la escuela fue interrumpida por la fuerza pública. Los normalistas fueron sorprendidos por las balas que “correteaban” estudiantes.
“…La oscuridad de la tarde anunciaba la llegada de la noche y la luz eléctrica señalaba que había sido secuestrada, de pronto muchos pasos fuertes nos interrumpieron la respiración… seguían golpes en la puerta y voces.
Sin ponernos de acuerdo el silencio fue la estrategia, varias veces se repitió: pasos… voces, a veces gritos, disparos… silencio, silencio es la estrategia, es la respuesta a golpes en “nuestra puerta”
Parece que cuando ya nadie teníamos lagrimas porque ya se habían derramado todas y nuestros ojos se negaban ya a derramar una más, una amigable voz, un susurro nos invitó a salir, a gatas, ordenándonos no hacer ruido, pecho tierra como habíamos visto en los programas de guerra de la televisión.
Sin importar si llevabas falda o pantalón y hasta de que color traías la ropa interior, hombres y mujeres nos desplazamos por corredores y escaleras a gatas y pecho a tierra hasta la dirección de la escuela, ubicada en el mezanine.
Nueve veinte de la noche –habían pasado mas de 5 horas de angustia y miedo- entonces sentí algo pegajoso en mi rodilla izquierda: ¡sangre!, mi corazón palpitó mucho mas rápido, pero ¡no mía!, ¡no me dolía nada! Era sangre anónima. No podía decir nada… me tocaba y retocaba todo el cuerpo, revisaba mis piernas, las rodillas, mis manos. El lugar: La dirección de la escuela y había muchos alumnos con un silencio reinante.
La angustia pidió nuevas lágrimas a mis ojos y empecé a sollozar, en silencio arrinconada buscando el abrazo protector de mis amigas que no estaban ahí, solo desconocidos jóvenes tan asustados como yo y en busca del mutuo consuelo.
Mas minutos, quizá apenas unos cuantos o quizá una hora pasó cuando una valiente maestra me sacó de la dirección, junto con otros compañeros recostada en el asiento trasero de su carro, siempre en silencio.
Nuestra odisea para llegar al auto fue casi a ciegas y en el auto recostados o agachados, alcancé a vislumbrar la inolvidable Torre de la Normal, sus grandes chorros de agua bañaban el sitio donde por las tardes enamorados trovadores cantaban al amor.
En ese momento todo me parecía lejano, ¿Qué lavaban con tanto empeño los bomberos y los empleados del Departamento de Limpia del gobierno de la ciudad?
Llegué a mi casa pasadas las diez de la noche después de haber viajado en el entonces moderno metro. ¿Se habrá notado el miedo que me invadía? Jacobo en la televisión daba las noticias. Yo sólo escuchaba… No pude volver a creer en él.
Mi verdad algún día tenía que contarla, fue mi compromiso, a tan solo pocos días de lo sucedido: mi silencio no ayudó a nadie, ni a mi misma, porque quise negar las muertes, los heridos, los desaparecidos y el terror que sufrí esas horas y aunque lo sufrimos miles de jóvenes, ahora adultos, las madres, padres y hermanos que vivimos ese horror del diez de junio.
Hasta ahora he cumplido: ya no me pregunto ¿Quién decidió que esa fecha se escribiera con sangre?, ¿Merecen, los culpables ser castigados?… ¿Fue genocidio?, no me interesan nombres, solo sé que ¡Yo estuve ahí!”