– Solo buenos recuerdos conservo de él.
La última vez que lo vi fue en el 17 Juárez a eso de las 20.00 horas.
Solitario, él cruzo solo por mi lado con una carpeta en la mano y lo saludé. “Adiós ingeniero”. Eso fue varios meses atrás.
Volteo amable y me identifico. ¿Cómo anda el periodismo”, me pregunto.
“Bien señor, aquí echándole ganas”, le conteste y siguió su camino.
Hoy ya no está entre nosotros y me conmueve su fallecimiento, porque cuando llegue a Ciudad Victoria en 1987 fue el primer Gobernador de Tamaulipas que conocí personalmente, con quien conviví como periodista y quien se gano mi admiración y respeto por su caballerosidad y su talento.
Y es que cómo no recordarlo si por seis años estuvo con su pueblo en las duras y en las maduras.
Como en aquella asonada rebelde de 1992 cuando el pueblo de Tamaulipas levanto la cara para exigir la regularización de miles de vehículos extranjeros como en Chihuahua, donde el gobierno federal se comportaba más generoso.
Aunque poco intervino, nunca fue capaz de frenar la osadía de un grupo de periodistas que encabezo un histórico movimiento de resistencia civil contra los decomisos.
Nunca ordeno una persecución policiaca en contra de los comunicadores, políticos y servidores públicos que por docenas se fueron aglutinando y que le dieron fama nacional a Ciudad Victoria porque aquí nació la semilla de la inconformidad.
Su actitud siempre fue serena a pesar de que en una ocasión el opositor Bruno Alvarez Valdez le cruzo piedras en la carretera a Soto la Marina y detuvo el paso de su vehiculo cuando se dirigía al aeropuerto capitalino, como parte de los latigazos que genero este inusual movimiento.
En ese entonces su rostro siempre lucia inexpresivo, pero parecía que en el fondo le agradaba que su pueblo se levantara, que se armara de valor para exigir la regularización de un vehiculo que ya estaba aquí y que no había ingresado al país por el aire o por el agua.
Desde atrás él empujo discreto y a final de cuentas fueron más de 70 mil las unidades motrices que se regularizaron en su querido Tamaulipas.
Lo recuerdo, también, cuando descendía de su antiguo, pero muy cuidado automóvil color celeste que estacionaba en la entrada de Palacio de Gobierno, donde a todos les extendía la mano y escuchaba atento sus diferentes demandas.
Recuerdo, además, cuando un grupo de estudiantes universitarios se le acerco para solicitarle el Centro Cultural Tamaulipas para la presentación del Grupo Magneto, muy de moda en aquel entonces. “Existen otros lugares para esos artistas. A ese lugar se le debe honrar porque es un espacio cultural”, les contesto a los descontrolados escolapios.
En otra ocasión los periodistas trataron de sacarlo de control y le preguntaron acerca de un tema importante en el que uno de sus colaboradores era el actor principal. “Quien tenga las manos limpias que tire la primera piedra”, fue su respuesta, luego de recorrer uno a uno con la mirada a los reporteros que se cruzaron en su camino.
De ese tamaño era el ingeniero Américo Villarreal Guerra, un hombre recto, de pulcra conducta y de un trato directo, pero amable y serio.
Cuanta razón tiene el hoy Gobernador de Tamaulipas, Eugenio Hernández Flores, cuando lo califica como un ciudadano ejemplar, honesto y como un patriota de excepción.
Como un hombre extraordinario que supo honrar su compromiso consigo mismo.
Como un ser del que él abrevó la sabiduría, la confianza y sus útiles consejos.
Tamaulipas está en deuda con el ingeniero y difícil será que lo olvide.
Porque hombres como él son de complicada manufactura.
Descanse en paz mi bien recordado ingeniero.
Y mi pésame y un fuerte abrazo para su familia.
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