ANECDOTARIO/JAVIER ROSALES ORTIZ *EL LADO BUENO DE ABREGO ADAME

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De mi niñez recuerdo que el maestro era toda una institución.
Era un profesional del gis al que se le respetaba y se le veneraba igual como se hace con un segundo padre o una segunda madre.
Fueron, ellos, los que formaron bien a quienes hoy son como soldados que están en pie de guerra frente a sus respectivas trincheras y que le dan sabor, color y hasta decoro a esta nación que se convulsiona, se agota y se deshace entre las manos.
Ellos, fueron, pieza importante del ajedrez para que las nuevas generaciones se convirtieran en hombres y mujeres de bien que colaboran, que proponen y que contribuyen para darle forma a esa palabra tan mágica, tan peculiar y tan completa que es, VIDA.
Hoy en día la imagen que vestía de cuerpo completo al maestro se ha deteriorado, pero no ha sido culpa suya, sino de un burocratismo que les regatea los recursos, la oportunidad y el derecho que les asiste para que se preparen, para que crezcan y para que llenen su morral con los conocimientos que luego derraman entre sus escolapios.
Sin los recursos económicos que los nutran, que los aliente y que los empuje, nada es posible.
Y comento esto porque el año pasado, contagiados con un optimismo que agita , ocho maestros de Tamaulipas partieron a la Ciudad de México a recibir un Diplomado sobre la Enseñanza del Español que después distribuyeron entre el magisterio local y cuyo último destino eran ellos, los estudiantes, nuestros hijos.
Se trato de un curso que era subsidiado por el gobierno federal y cuyo recurso entregaría a Tamaulipas para que finalmente llegara a manos de ellos, de los maestros, que durante varios días se encerraron en el salón de un hotel para que expertos en la materia les regalaran su sapiencia.
Y en ese lugar los maestros tamaulipecos se unieron a casi cien más de toda la república mexicana que se sentían agraciados y conmovidos por la deferencia que se hizo para que gozaran de esa oportunidad única, atractiva, tan importante.
A esos maestros de Chiapas y de Oaxaca con vestimenta tan modesta que abrían grande los ojitos porque nunca habían pisado un hotel de tal categoría.
A ellos, quienes por primera vez abordaban un avión y que desde el cielo observaron extasiados la verde alfombra de las montañas de su tierra y el limpio espejo de los lagos y lagunas.
A aquellos maestros que se les prometió el pago de más de 30 mil pesos por haber participado en ese curso, una cantidad que supuestamente el gobierno federal desapareció y que obligó a los mentores a que mes tras mes mendingaran por las oficinas gubernamentales de su respectiva entidad.
A ellos, quienes reclamaron con justicia un pago para liquidar deudas que los consumían, mientras que las autoridades federales los dejaban colgados de la brocha.
De ello tuvo conocimiento él, Jorge Silvestre Abrego Adame, entes responsable administrativo de la SET, quien movió nubes y montañas para que los maestros tamaulipecos tuvieran acceso a ese recurso que salió de su misma secretaria, el cual los beneficiados abonaron a la dependencia cuatro meses después, luego de que las autoridades federales se condolieron y descongelaron el pago.
Fue así, como Tamaulipas se convirtió en el primer estado del país en hacer justicia a esos profesores que se quemaron las pestañas, que se expusieron y que no declinaron en su afán por distribuir entre el magisterio los conocimientos que en ese curso adquirieron.
Y Abrego Adame fue el que desató el nudo, por eso también existen maestros que le están agradecidos.
Porque detrás de ese gesto parco, osco, indescifrable.
Se asoma un lado bueno.

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