En aquellos tiempos de trabajo intenso en el Hospital General de Ciudad Victoria, “Dr. Norberto Treviño Zapata”, vivíamos casos de mujeres que llegaban golpeadas a urgencias. No crea el lector que presentaban un hematoma o una escoriación: a veces ingresaban en estado crítico por la naturaleza de las lesiones, sin embargo, poco o nada se podía hacer al respecto. ¿Por qué?
Cuando el personal de Trabajo Social tomaba conocimiento, debía avisar a las autoridades judiciales, y exhortaban a las mujeres a presentar la denuncia correspondiente; algunos casos eran reiterativos, es decir, damas que eran golpeadas una y otra vez… pero no dejaban el “hogar”.
Llegamos a escuchar comentarios como “me pega porque me quiere” o un “a usted qué le importa, así es mi viejo” y otras similares que ponen de manifiesto no solamente la brutalidad de aquellos individuos que se jactan de ser hombres, la sumisión existente en un buen número de mujeres que consideran que es “normal” que les pegue su pareja, porque así debe de ser, simple y sencillamente.
Datos escalofriantes revelan la realidad en el mundo. En México, de 7 millones de jóvenes entre 15 y 24 años, el 76 por ciento ha padecido violencia psicológica de parte de su pareja, el 15 por ciento ha enfrentado agresiones físicas, y 16.5 por ciento ha tenido que soportar la violencia sexual de su pareja.
No es exclusivo de mujeres que aguantan golpes: también los varones son objeto de este tipo de actitudes poco prudentes. La Encuesta Nacional de Violencia en las relaciones de noviazgo, llevada a cabo por el INEGI nos pone de manifiesto que hay actos violentos que nunca son denunciados, y en tanto la gente afectada no anteponga su demanda, la autoridad poco o nade puede hacer.
No se justifica por ningún motivo el hecho de agredir a la pareja, a alguien del sexo opuesto. Grupos feministas acusan al varón de ser casi un salvaje golpeador, y desgraciadamente tienen razón en parte, aunque insistimos, también se presentan casos en varones.
Los golpes han dejado a la vista de muchos aquella frase de “pégame, pero no me dejes” que hemos escuchado en todos los ambientes. No es nada sana la misma y no deja buenas cosas. Se afirma que cuando hay violencia en una pareja, prácticamente el amor se ha desintegrado, ha desaparecido y queda únicamente la costumbre o la terquedad de seguir con tal o cual persona.
Un 33 por ciento de los jóvenes que participaron en la encuesta reveló haber buscado ayuda en sus amigos, aunque encontraron en la mayoría de los casos que eran víctimas de la misma situación.
¿Qué se debe hacer, entonces?
Hay programas y campañas muy intensas que desalientan el uso de la violencia y promueven el derecho a denunciar como una obligación moral de cada persona. Quien permite que se haga uso de cualquier tipo de agresión en su persona está siendo cómplice de aquella persona salvaje que la utiliza. Nada hay que justifique lo anterior.
Si el problema fuera tan severo, pues hay que buscar la forma de dejar a esa pareja, reiniciar una vida y volver a la búsqueda de alguien con quien podamos compartir la felicidad.
Otros datos interesantes: 1 de cada 10 jóvenes que han sido objeto de violencia vivió lo mismo en sus hogares, y 2 de cada diez vivieron en hogares donde los insultos eran pan de cada día. Las adicciones al tabaco, alcohol y drogas tienen que ver con la conducta violenta en más de la mitad de los casos.
El último dato: 60 por ciento fueron mujeres y 46 por ciento varones, lo que pone de manifiesto que el problema implica a ambos sexos. Los dos tenemos esta situación, y muchas ocasiones no queremos hacer nada por temor a perder a la pareja, a la que consideramos la indicada para hacer nuestra vida, pero…¿a golpes?
¿Será ésta la forma de amarse?
Consideramos que hay que tomar medidas urgentes. Autoridades de todos los niveles deben incrementar sus programas tendientes a desalentar la violencia, pero la sociedad también tiene que hacer la parte que le corresponde, porque resulta que todo lo dejamos a los que gobiernan, cuando las consecuencias y las acciones graves provienen precisamente del hogar de nosotros mismos.
Insistimos en que la agresividad no es prudente en este sentido, y que se debe combatir esta ilógica práctica “de amor”; los seres humanos estamos llamados a vivir en sociedad, en comunidad, en pareja, pero de una forma que podamos desarrollarnos y desenvolvernos en forma adecuada.
No es justificable por ningún motivo el dejar que existan golpes o maltrato psicológico o verbal: no es para nosotros, seamos varones o mujeres, y nada tiene que ver una actitud machista o feminista, sino que tiene mucho que ver la actitud estúpida y poco prudente de quien emplea la violencia.
Recordemos que el cobarde vive mientras el valiente quiere, como dice aquel refrán, por lo que hacemos el llamado a vivir con dignidad en todos sentidos, dejando a un lado la agresividad en todas sus manifestaciones.
Es hora de no permitirnos ser vejados, pero depende de cada uno de nosotros.
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Atentamente: Mtro. Carlos David Santamaría Ochoa ¡Ten un buen día!