
Lourdes Lozada Fernández/EnLíneaDIRECTA
Victoria, Tamaulipas.- Cuando la mayoría habían ya abandonado la Catedral del Sagrado Corazón de Jesús, salió la mujer fuerte, la que se ha mostrado atenta a las palabras del pueblo, de la gente que se acerca todavía a decirle cuanto extrañan a Rodolfo Torre Cantú.
Pero quien lo puede añorar más que ella, Laura de la Garza de Torre, la esposa, la compañera, quien estuvo a su lado durante toda su carrera política, quien ha sacado adelante a sus hijos, demostrando la entereza de una gran mujer, de una tamaulipeca que sabe el recuerdo de su amado, sigue vivo, no únicamente entre los que lo conocieron.
La gente del pueblo, el bolero, el que vende chicles, las señoras de la colonia que minutos antes soltaron globos blancos al cielo en recuerdo del natalicio de quien fuera candidato a la gubernatura, se acercaron a abrazarla, a decirle cuánto la quieren, cuánto la aprecian, cuánto la admiran.
“Señora, ninguno de los políticos nos saludó, usted es la única que lo hace”, le dijo un señor que cargaba su cajón de bolear, ella, atenta, escuchaba una y otra vez las porras en honor de su esposo, de su Rodolfo, agradecía con abrazos, con besos, pero la tristeza que se refleja en su mirada, la que esconde tras su sonrisa, es por el recuerdo de su marido, del padre de sus hijos.
A quien a ocho meses de su asesinato no se ha esclarecido todavía nada, el hombre que amo a Tamaulipas, el mismo que Tamaulipas amo, se entrego y le lloro el día de su muerte, el doctor que tenía muchos proyectos que hoy su hermano, el gobernador Egidio Torre Cantú ha retomado para continuar el legado de su consanguíneo.


