Siempre los domingos se antoja escuchar un mensaje distinto, algo que nos aleje aunque sea unos minutos de la tensión cotidiana. Hoy quisiera compartir algo muy personal con quien tiene la amabilidad de leer esta colaboración, y que tiene mucho que ver con el agradecimiento hacia la vida que me ha permitido ser lo que soy y nada más.
Ha de perdonar, pero luego de los acontecimientos de los últimos días no queda más que agradecer el estar vivo y poder seguir caminando.
La visita de los amantes de lo ajeno en dos ocasiones en menos de 45 días no es fácil de digerir, y tampoco el que se reciban noticias que frustran un esfuerzo de años por transmitir un mensaje de esperanza a quienes como quien escribe, vivimos con esa “sombra” que se da en llamar diabetes, y que no es más que el instrumento que ha elegido a quien todo debemos para poder apoyar a quien lo necesita.
Hace cinco años ya que recorrí el Camino de Santiago para demostrar al mundo que quienes vivimos con diabetes podemos hacer cualquier cosa, y más quien no la tiene: hay que hacer ejercicio, vivir mejor para evitar un diagnóstico de esta naturaleza.
En aquel entonces, ese gran amigo llamado Rodolfo Torre estructuró un programa de apoyo a nosotros, mismo que tuve oportunidad de difundir en la caminata de 980 kilómetros, de la que hubo constancia en exposiciones, crónicas publicadas en este medio y un libro, auspiciado por nuestra máxima autoridad universitaria.
Los momentos poco agradables amenazan la tranquilidad de uno, sin lugar a dudas.
Cuando violan tu intimidad y se llevan no tus bienes, sino tu privacidad, no se asimila de la noche a la mañana, más cuando son cosas producto del trabajo de años. Los bienes materiales son eso, y como tales, se recuperan: el bienestar y el alma libre no, y esa no hay que perderla.
Confieso que he tenido momentos muy difíciles en estas últimas horas: a punto de iniciar una nueva cruzada y también, a unas semanas de buscar el alcanzar una meta académica soñada desde el año 2005, y que seguramente convertirá a nuestra unidad y nuestra carrera en una de las pocas con cuatro doctores en periodismo y comunicación.
En plena depresión por la noticia y la imposibilidad de hacer algo a distancia, llega la hora de dormir sin lograrlo, sin embargo, el amanecer fue distinto:
Por la ventana del cuarto del Burgo, el cielo de Santiago muy nublado, tapaba toda posibilidad de que llegase el sol a las instalaciones deportivas de abajo, sin embargo, el grisáceo cielo me regaló algo único: un enorme Arco Iris se levanto orgulloso, erguido y lleno de vida y color.
Hay que interpretar las cosas: Dios me ama, está conmigo en todo momento, y no me ha abandonado. La vida me ha dado ejemplos de su enorme bondad a través de mi familia, de donde provengo y la que he formado a pesar de todo. El empleo me ha permitido ayudar a mucha gente con diabetes. Estoy vivo y aunque ya se han llevado todos mis bienes materiales y han dejado el lugar que habito hueco, vacío y violado, creo que hay un Ser superior que me ha regalado su colorida luz para recordarme que hay por quien vivir, que la vida no ha acabado, y que algún día recobraremos lo que han sustraído en forma sencilla e ilegal.
La autoridad hará su trabajo, y eso esperamos, pero en tanto, sigo vivo, sigo con el entusiasmo de volver a mostrar al mundo que podemos caminar por él con un mensaje de esperanza y de solidaridad.
No es fácil, insisto, superar dos ocasiones que se meten a tu casa y te llevan todo lo que te ha costado años, pero a pesar de todo, Dios, gracias por darme la vida, lo que tengo a mi alrededor, y la esperanza e ilusiones de niño que no han muerto aún.
Gracias a la vida, a mis amigos y a quien se ha solidarizado en estos momentos difíciles.
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Atentamente: Mtro. Carlos David Santamaría Ochoa ¡Ten un buen día!