Sin lugar a dudas, México comienza a vivir, en plena temporada navideña, el auge de la política: los partidos importantes tienen ya casi lista su estrategia en pos de la presidencia de la República para julio próximo, o al menos, dos de ellos, han decidido que irán a buscar el triunfo con la figura conocida como “candidato de unidad”.
El Partido Revolucionario Institucional y la izquierda han decidido nominar a Enrique Peña Nieto y Andrés Manuel López Obrador para buscar ocupar el sitio que dejará Felipe Calderón; el Partido Acción Nacional, por su parte, tiene tres opciones que, por cierto, han dejado una clara muestra de lo que podría esperarnos en caso de que aspiren a llegar, lo que la opinión pública ve difícil, dados los resultados últimos en nuestro país.
Tres personajes se han descalificado entre sí y por lógica, han descalificado a los abanderados del PRI y la izquierda. No queremos, sinceramente, estar escuchando quejas, lamentaciones y diatribas sobre los que serán contendientes. Ya no estamos para eso. Los mexicanos queremos propuestas que nos lleven a un gobierno que ofrezca educación, empleo y seguridad principalmente. Ya lo que venga después será bien recibido, pero el cumplir con estos tres rubros, pensamos, garantizaría el triunfo a todos.
En Tamaulipas se le preguntó al gobernador sobre los aspirantes al Senado de la República y a las diputaciones federales; Egidio Torre Cantú, en su calidad de gobernador de la entidad contestó con una sonrisa: “habrá que preguntarle al presidente del PRI”, en una clara alusión a la forma de gobernar que se ha tratad de imprimir, y que habla del respeto a las instancias.
Todos sabemos que las simpatías del mandatario en todos los niveles cuentan mucho en México, sin embargo, el voto que ha hado el mandatario resulta interesante, porque si bien es cierto que el presidente del PRI Lucino Cervantes Durán cuenta con el voto de calidad del ingeniero Torre, también cuenta son su más importante apoyo: el respeto a la investidura, de forma tal que hemos de esperar los lineamientos emanados del Comité Directivo Estatal para saber qué sucederá.
Mientras tanto, muchos se mueven como peces en estanque, aunque algunos ya tienen el anzuelo clavado y no tienen muchas oportunidades que digamos, porque se les considera “cartuchos quemados”, “emisarios del pasado” o alguna otra de esas figuras que los tamaulipecos estamos dispuestos a no soportar más, y eso lo saben tanto Lucino Cervantes como Egidio Torre Cantú, por lo que tendremos, casi seguro, candidatos de unidad que tengan los requisitos fundamentales: presencia popular, capacidad y una buena reputación.
No se pueden dar el lujo los institutos políticos en arriesgarse a postular amigos y compadres que no garanticen el triunfo: no son tiempos para dejar pasar un solo voto a manos de partidos opositores, y aplica para todos.
El proceso implica el riesgo que ya Peña Nieto denunció en su discurso durante su entrega de constancia como candidato oficial: el hecho de que la oposición cargue los dados a la mentira, el insulto, la descalificación lejos de la propuesta, y eso lo hemos visto con personajes de poco peso político y algo afán protagónico como el incipiente secretario de Trabajo en México Javier Lozano o el precandidato panista Ernesto Cordero, quienes, con un desmedido afán triunfalista que ofende, suponen y se sienten triunfadores y populares, cuando la realidad definitivamente es otra completamente distinta.
Desgraciadamente, esperamos una enorme guerra sucia como la emprendida a partir de los resultados de Michoacán; algunas de éstas estarán veladamente financiadas por dependencias del gobierno en sus distintos niveles. Los mexicanos sabemos quienes y como lo hacen, y seguramente, lejos de acercar la simpatía natural de los ciudadanos, hará que cambiemos nuestra forma de pensar el día de la elección que, finalmente, es el día que vale. Antes, lo que se diga es mentira, es diatriba, es un sueño guajiro.
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