Llegan las horas en que seguramente la mayoría estaremos con algunos seres queridos celebrando la navidad, el nacimiento de Jesucristo hace ya más de dos mil años en Belén, y también, estaremos en torno a la mesa disfrutando de una buena convivencia, cena deliciosa y otras cosas, sin olvidar los tradicionales regalos, que a pesar de muchos se han convertido en el ingrediente principal, cuando debiera ser algo más espiritual, más de reflexión.
Finalmente, lo material va y viene todos los días, pero la esencia de la navidad debería permanecer en nosotros durante todo el año.
Reflexionamos esta noche sobre una y mil cosas: pensamos en la dicha de estar junto a algunos de nuestros seres queridos; añoramos a los que están lejos o parte y que sabemos, están en nuestro corazón.
Vivimos este día con muchas prisas: las tiendas de autoservicio, el centro de la ciudad, el mercado y cualquier sitio donde se comercialice cualquier cosa se encuentran este día 24 abarrotados de gente que, ansiosa hace sus últimas compras, sea para la cena o para los regalos que faltaron. El caso es que hay demasiado movimiento y lo sabemos todos.
Prudente es procurar hacer una ruta que nos permita no dar tantas vueltas, y preparar la noche buena con muchas características que tienen que ver con el amor y los sentimientos.
Navidad, tiempo de hacer las típicas “cartas a Santa Claus”, y no solamente de los pequeños, porque habemos algunos ya mayores que pensamos todavía en que se nos concedan algunos milagros, aunque somos también de la idea de que el Ser Supremo nos entrega las oportunidades que vivimos en base a nuestro esfuerzo. Nada nos regala si no hacemos la lucha por tenerlo o vivirlo.
Nadie puede asegurar que Dios nos va a curar si no seguimos el tratamiento que nos han indicado los médicos, por ejemplo, o nadie pagará nuestra cuenta si no trabajamos, ahorramos y pensamos en cubrir todos esos adeudos con los que nos hemos acostumbrado a vivir día a día.
En la reflexión navideña pensamos muchísimas cosas, pero nos invade un sentimiento especial que tiene que ver con la inolvidable morriña gallega: el sentimiento de extrañar, de añorar, de pensar que algo o alguien debiera estar y no estará ahí, en el hecho de sabernos de un sitio cuando vivimos en otro y quisiéramos cambiar de aires, por distintas causas.
Este 24 de diciembre seguramente estará usted en casa, cerca del pino navideño, engalanado con esferas y luces, y probablemente con un nacimiento a sus pies, que nos recuerda la festividad máxima de la Iglesia católica: el nacimiento del Mesías.
¿Qué sigue para el día 24? Entendemos que hay cosas que entristecen, más cuando ha partido algún ser querido y no volveremos a escuchar su risa cerca del árbol navideño, o porque no hemos podido superar el duelo –natural- que implica el perder a alguien cercano.
Hay muchas cosas que pensamos en Navidad, una de las fechas más especiales y atípicas: por una parte, quieres estar ahí, disfrutando, sin embargo, por otra parte, también quisiéramos que no llegasen estos momentos en que los tíos o abuelos ya no existentes vienen a la mente de cada uno de nosotros.
No es fácil, nadie dijo que lo fuera, pero el 24 de diciembre es bueno tomar algunos minutos llenos de fe y entregar una oración a nuestra semejanza, para agradecer a EL todo lo que nos ha dado, bueno y malo, porque finalmente, nos ha permitido estar aquí, para hacer de nueva cuenta, una empresa que nos permita crecer a todos los que nos rodean.
En Navidad, el columnista quiere aprovechar para desear a quien se ha detenido a leer estas líneas, que sea una fecha inolvidable, que la felicidad sea el principal ingrediente y que nada ni nadie opaque nuestra existencia.
Feliz noche buena, disfrútela con la familia, por favor.
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Atentamente: Dr. Carlos David Santamaría Ochoa ¡Ten un buen día!