Con la absurda frase de que habrá un “costo político”, el gobernador de Michoacán Fausto Vallejo ordenó que se cambiaran los delitos de estudiantes que viven en esos nidos de malosos y que se llaman Casas de estudiante, para que pudieran salir de la cárcel, con el argumento de que es mejor para la sociedad.
No comprendemos la idea del mandatario michoacano: fuimos de los primeros en aplaudir el hecho de que se haga uso de los cuerpos de seguridad y prevención de delitos para garantizar a los millones de mexicanos la aplicación estricta de la ley, y ahora nos dicen que siempre no.
El lector debe saber que la noticia de la detención de los estudiantes que fungen más como delincuentes que como lo que debieran ser, recibió infinidad de mensajes en redes sociales y en los diarios donde se publicó, en su mayoría, aplaudiendo la medida del gobernador Vallejo. Una vez más, nos ha decepcionado el poder.
No podemos pensar que en aras de la tranquilidad social se permita que quien infringió la ley, quien quemó vehículos oficiales y obstruyó vías de comunicación salga libre. De hecho, el delito por el que estaban acusados era algo así como “destruir las cosas”: así, “cosas” dicen los que pretenden aplicar la justicia.
Somos en las aulas universitarias los que pedimos a los jóvenes que llegan a éstas que no se dejen de nada, que protesten pero congruentemente, para que sean escuchados, que hagan valer su peso social y político pero sin afectar a los demás y sin violencia. Hoy, nos damos cuenta que vale más la presión de grupos que no tienen mucha idea política que digamos que ser congruentes con la ley.
Lo que hace el gobernador Vallejo lo hemos vivido en otros estados, donde grupos de gente que no tiene siquiera idea de lo que busca o por qué pelea toma las calles, bloquea y hace desmanes.
¿Qué les dirá ese mandatario a los comerciantes cuyas instalaciones fueron destruidas? ¿Qué les va a decir a quienes vivieron momentos de horror cuando estos jóvenes quemaron los vehículos?
Curiosamente, si usted o yo hacemos algo fuera de la ley, llegará seguramente una patrulla y dos o tres elementos nos someterán, esposarán y llevarán detenidos. A ellos, a los jóvenes estudiantes no.
Suponemos que en la universidad se va a aprender, a formarse, y qué formación garantizamos a quienes se dan cuenta que vejando a los demás, violando derechos ciudadanos y delinquiendo se puede hacer mucho.
No queremos gente estática, sentada, sin protestar, pero para todo hay formas, y cuando uno se pasa de éstas, hay que aplicar la ley. Claro como el agua.
Preocupa, y mucho, el que se permita que cualquiera llegue, cometa ilícitos, sea detenido y, por cualquier presión, salga a las calles, con la idea de “me hicieron los mandados” o de “en fin que no pasa nada, vamos a hacerlo de nuevo”.
Y si uno de estos rijosos mal disfrazados de estudiantes matara a un hijo nuestro, ¿qué pensaríamos?
Sin lugar a dudas, es grave, muy grave lo que sucede en Michoacán, porque será ejemplo de muchos que se escudan en esas madrigueras.
Hay que mencionar que decenas de estos estudiantes son merecedores de calificaciones que no sobrepasan el 7 u 8, porque no vienen a estudiar, sino a otras cosas, y eso, los padres deberíamos vigilar un poco más.
Triste, la verdad, pero es lo que nos está tocando vivir: un absoluto vacío de poder y una incongruente idea de que, si los encerramos, nos harán líos en las calles, si los liberamos, cumplimos con las demandas sociales. ¿Y las exigencias y derechos de los otros que padecemos la reacción arbitraria de estos jóvenes?
A veces se les olvida que tenemos derechos, pero todos, no nada más los que se disfrazan de estudiantes: los verdaderos estudiantes… y todos los ciudadanos, pues.
Comentarios: [email protected]
Atentamente:
Carlos David Santamaría Ochoa Ph.D.
visita: http://uncaminodeesperanza.blogspot.com/
http://carlossantamariaochoa.blogspot.com/