¿Vale la pena?
Casi en silencio, sin tanta alharaca, llegó la Caravana por la Paz a Laredo, Texas, dirigida por el poeta, periodista y humanista Javier Sicilia, que si bien en ocasiones abusa del protagonismo en alguna de sus presentaciones, desde el momento en que decidió iniciar esta lucha sabía de los obstáculos que enfrentaría, y aun así decidió llevarla a cabo, primero en México y ahora en Estados Unidos.
Diez días lleva viajando por algunas ciudades del vecino país, y en todas ha manifestado su repudio al tráfico indiscriminado de armas de Estados Unidos a México, que en sus palabras es exportación ‘legal’ de todo tipo de armas que alimentan la violencia.
Al verlo llegar la mañana del jueves 23 de agosto, vi a un hombre decidido a mover conciencias, porque en realidad eso es lo que pretende la Caravana; mover conciencias ante la impotencia de no lograr que en México se vote por la Ley de Protección a Víctimas, ni en Estados Unidos evitar el descarado tráfico de armas y el consumo tolerado de drogas entre más de 23 millones de personas, la mayoría jóvenes.
¿Qué mueve a Sicilia a hacer esto que hasta el momento nadie se había atrevido a realizar?
Sin duda alguna el secuestro y muerte de su hijo Juan Francisco Sicilia Ortega, de solo 24 años de edad, ocurrida en marzo del año pasado, y el saber que en México las instituciones responsables de la procuración y de la impartición de la justicia, están podridas desde la médula.
Por eso, aunque pienso que sus peticiones no irán más allá de la protesta civil y de la propuesta clara y llana, es necesario que este tipo de manifestaciones se extiendan a todo lo largo y ancho del país, hasta que se contagie a toda la sociedad civil, para que en base a la participación consciente y responsable, se pueda no solo aspirar, sino a conseguir un mejor futuro para nosotros y nuestros hijos.
Por eso, cuando escuché el diálogo entre Sicilia y Raúl Salinas, alcalde de Laredo, Texas, sobre esos temas, me conmoví cuando el poeta le dijo que la muerte de su hijo había sido una equivocación, pero no en vano porque era inocente, y porque su brillante futuro había sido truncado de manera violenta, al igual que el de miles de jóvenes que han corrido la misma suerte en el país.
Si bien en México este tipo de marchas se pierde por su propio desgaste ante la abulia de las autoridades responsables de dar respuesta a dichos reclamos, la insistencia de una parte de la sociedad pudiera generar una especie de reacción en cadena cuyas consecuencias obligarían a las instituciones a realizar su trabajo, que es el del servicio a la sociedad.
Creo que la Caravana por la Paz busca eso, la paz no como ausencia de violencia ni como un estado de ánimo, mucho menos como la antítesis de la intranquilidad.
Lo que se busca con este tipo de manifestaciones es la paz interna de cada individuo, de cada grupo, de cada sociedad, y eso solo se puede lograr cuando exista armonía entre quienes dirigen las instituciones gubernamentales, es decir, los gobernantes, y quienes son sometidos a través de leyes y reglamentos aplicados de manera irresponsable, es decir, los gobernados, aunque ello parezca ahora solo una utopía que habría que discernir primero.
El sociólogo norteamericano Wright Mills (1916/1962), estudioso de la problemática social de su país, sin duda alguna calificaría la lucha de Sicilia cono la búsqueda de quien quiere saber quien es en esta compleja sociedad, qué es lo que quiere, y sobre todo, qué es lo que es capaz de realizar con esa lucha que ya rebasó los parámetros de lo permisible institucionalmente.
Para mi gusto, y tal vez así lo vislumbró Mills, Sicilia ya rebasó el presente y lo ubica como historia, porque ve el futuro, no su futuro sino el de la sociedad que aspira, como una responsabilidad, la que debemos asumir cada uno de nosotros ante la crisis institucional, de valores y moral que amenaza al país con envolverla en una vorágine mayor de violencia desmedida.
Aunque sus resultados pueden ser de mediano y largo plazo, el movimiento estudiantil #YoSoy132, las protestas de la sociedad ante eventuales imposiciones, y una evidente anomia social, puede ser la pauta para el ingreso a una nueva época o período histórico, no de transición de unas teorías sobre la sociedad por otras nuevas, sino de una época o período histórico que pudiera surgir de la decadencia de otro.
¿Es posible? Creo que lo es, aunque desafortunadamente esta transición se está dando por la vía violenta y no por la pacífica que tanto buscan y promueven los grupos pacifistas como el creado por Javier Sicilia.
Solo es cuestión de tiempo y de esperar a que las cosas cambien con el empuje de la sociedad, de una sociedad más pensante y más actuante, con la herramienta de la fe y la esperanza de que la política no sea el ideal de la democracia, sino de que la democracia sea el ideal de la sociedad.
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Hasta mañana