“Maras” y pobreza expulsan a hondureños de su país

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Nuevo Laredo, Tamaulipas.- Yolanda Rivera, de 32 años de edad, hace 26 días dejó su hogar ubicado en Sonaguera, una pequeña comunidad de 38 mil habitantes ubicada en el norteño municipio de Colón, Honduras, para iniciar un duro peregrinar que la trajo a esta frontera hace cinco días, con la intención de cruzar el río Bravo y dirigirse a Houston, Texas, en donde la espera un familiar.

Trabajaba en una tortillería, en donde ganaba 100 lempiras diarios, poco más de un salario mínimo en México, pero el ingreso era insuficiente para mantener a sus tres hijas de 14, 12 y 8 años, a quienes dejó al cuidado de su madre, soltera al igual que ella.

Pero a Yolanda no solo la expulsó la pobreza y la falta de empleo que crecen en Honduras, sino un clima permanente de inseguridad que ella vivía en su comunidad, en donde dice, cuando no asaltan y roban, asesinan los integrantes de varias pandillas de la Mara Salvatrucha, las que asolan a los habitantes de ese municipio.

Tal vez por eso en Sonaguera abundan las madres solteras, porque mataron a los esposos, o porque algunos de los hombres se fueron a Estados Unidos en busca del sueño que ahora sigue Yolanda.

“Lo que se ve (en Sonaguera) es que a diario los ‘Maras’ le quitan la vida a un ser humano. Le roban a la gente su dinero, y si se oponen les quitan hasta la vida”, explica con pausada voz que refleja el temor de recordar el infierno que se vive en su comunidad.

Recuerda con claridad el caso de un amigo suyo que luego de terminar su jornada laboral, se dirigía a pie a su hogar, cuando un grupo de Maras lo asaltó, pero al oponerse lo asesinaron sin piedad.

Sonaguera ya es zona de guerra

Sonaguera es la cabecera municipal que en su territorio incluye 45 aldeas y 56 caseríos. Fue fundada a fines del Siglo XVIII bajo el nombre de ‘Zona de Guerra’, por las batallas que se dieron entre los nativos y los conquistadores, pero su nombre original fue cambiado después al que tiene actualmente.

Explica Yolanda que por la constante inseguridad, su comunidad ya es otra vez zona de guerra, por la violencia que priva y porque las autoridades hacen poco o nada para combatirla.

“Ellos (los policías) dicen que vigilan las calles, pero no hay vigilancia, y por eso tuve que salir de Honduras para buscar un mejor nivel de vida; cruzar la frontera y luego regresar con dinero para ayudar a mis hijos”, señala.

Luego de varios días de haber salido de Honduras, llegó a la frontera con México con mucho temor debido a lo que le habían contado que ocurría en este país, “pero gracias a Dios no me pasó nada y aquí estoy”, explica.

Como todo indocumentado de Centroamérica, Yolanda se subió al tren carguero llamado ‘la bestia’ desde Chiapas hasta Oaxaca, en donde cambió a otro carguero con destino a Veracruz y luego a San Luis Potosí, desde donde viajó hasta Monterrey.

Durante el tiempo que viajó en ‘la bestia’ observó que a diferencia de antes, ahora los centroamericanos viajan armados con machetes, piedras y palos, para defenderse de los asaltos que sufren en su trayecto por parte de grupos criminales que los despojan de su dinero, sus pertenencias, y de la vida.

“Ya vienen armados porque tienen mucho miedo de que los asalten los ladrones en el camino a la frontera, porque en México hay mucho riesgo para nosotros”, explica.

Cuando llegó a esta ciudad, le mencionaron que había una Casa del Migrante, hasta donde llegó de manera temporal, mientras planea la forma en que cruzará el río Bravo, ya que espera noticias de su familia en Houston para reiniciar el trayecto hacia Estados Unidos.

Sin embargo, está consciente que no será fácil, porque además del riesgo que significa el río, en caso de cruzarlo, otros peligros le acecharán, pero dice que luego de haber llegado hasta esta ciudad, los riesgos serán menores, y aunque le cueste la vida intentará llegar a su destino.

Yolanda ya es parte de las estadísticas: forma parte de los dos mil 321 hondureños que este año salieron de su país, y es una de las 474 mujeres que lo hicieron motivadas por el temor a la Mara Salvatrucha y a la pobreza extrema.

“Se bien que puedo perder la vida en el intento, pero me arriesgaré, vale la pena, porque ayudaré a mis hijos y a mi madre”, refiere con firmeza.