Óptica/Gastón Monge *Terremoto

(En memoria a las víctimas y a los
héroes conocidos y desconocidos)

Faltaban pocos minutos para que sonara la ‘chicharra’ de la secundaria número 79, ubicada en la colonia Esmeralda de la ciudad de México, delegación Iztapalapa; el conserje de la escuela acostumbraba sonarla a las 07:05, pero ese 19 de septiembre de 1985 se le hizo tarde y no abrió a tiempo, por lo que los más de mil estudiantes tuvieron que esperar en la calle hasta que fuera abierta la puerta. No sabían que el retardo del empleado escolar les había salvado la vida.
Yo vivía a escasos 20 metros frente al plantel, en el último piso de un moderno edificio de departamentos, sobre la arbolada Calzada de la Viga, al sur de la ciudad, y me alistaba a salir a mi trabajo, al que llegaría dos horas después de un largo trayecto en mi auto, sorteando calles, avenidas, calzadas y enormes embotellamientos que automovilistas como yo, los convertían en gigantescas trampas de metal, hule y plástico.
Solía salir a las 07:00 horas, pero ese día lo hice más tarde, no sé por qué razón; pero justo 19 minutos después, sentí un ligero mareo al que no di importancia. Después siguió una fuerte sacudida que me hizo comprender que era uno de tantos temblores que se sienten en la capital del país, y a los que ya estaba acostumbrado.
Pero después de la sacudida que fue un movimiento trepidatorio, seco y seguido de un extraño ruido que salió de las entrañas de la tierra, le siguió otro movimiento, pero ahora oscilatorio, el que aumentaba a cada momento.
En el cuarto o quinto piso en el que habitaba, el movimiento se multiplicó, por lo que comencé a sentir un presentimiento.
Habían transcurrido algunos segundos y ya me era imposible mantenerme de pie, por lo que salí de mi habitación hacia el cuarto de mis hijos, cuando de pronto escuché un fuerte crujido, parecido al de una nuez cuando el cascanueces lo parte.
Eran las paredes de mi departamento las que se separaban de manera peligrosa, tanto que hasta podía atravesar el muro con mis brazos; pero así como se separaban se volvían a juntar. Me asomé por una de las ventanas y observé que el edificio se estremecía en un macabro vaivén, como el lento péndulo de un gigantesco reloj.
El edificio comenzó a tambalearse de un lado a otro en medio del coro de decenas de perros que ladraban y aullaban con tono lastimero y asustadizo, lo que hizo más tétrico el ambiente porque amenazaba con desplomarse de un momento a otro; me dispuse a sacar a mi familia del departamento hasta la calle, pero había que caminar unos 50 metros después de haber bajado las decenas de escalones.
Antes de salir, los muebles del departamento comenzaron a caer al suelo hasta destrozarse al chocar unos con otros. Las vajillas y todo lo que era frágil y rompible se hizo trizas, los vidrios de las ventanas crujían y reventaban en añicos formando mortales proyectiles.
De pronto, entre el griterío de cientos de estudiantes de la secundaria y las familias que ya estaban en las calles, un pavoroso estruendo se escuchó, seguido de una espesa nube blanca; eran los cuatro pisos de la escuela que se habían desplomado. Nunca supe cuantos estudiantes y maestros fallecieron aplastados por toneladas de acero y de concreto, aunque la mayoría salvó la vida.
Cerca de allí, una torre de TelMex de unos 30 metros de alto, se desplomó, y la calle se abrió tanto, que un pequeño auto fue devorado hasta la mitad.
Los cables de electricidad, ante el violento movimiento, reventaban como frágiles hilos de costura, y se convertían en peligrosos látigos de electricidad que chocaban estrepitosamente con el suelo mojado por el agua de cientos de tuberías reventadas.
El desconcierto, el terror y el llanto de miles de personas se confundieron con el macabro ulular de las ambulancias, bomberos y los cuerpos de seguridad que de inmediato acudían a un imposible rescate.

La realidad con olor a muerto

Pasado el primer impacto, la tierra seguía moviéndose de manera incesante, como queriendo sacudirse de encima tanto molesto edificio y construcciones que durante años formaron una pesada losa sobre la espalda de la tierra, la que respondía con intensas sacudidas.
Horas después la confusión reinaba. Como zombies la gente caminaba de un lado a otro, buscando a familiares atrapados entre los edificios derrumbados, porque era casi imposible transitar en vehículos que no fueran oficiales.
Al día siguiente y los subsecuentes, tomé mi auto, un pequeño Volks Wagen azul turquesa de colección, modelo 1957, y salí decidido a convertirme en rescatista, con palos, picos y palas, y formé una pequeña brigada con algunos amigos para dirigimos a las zonas más dañadas como la colonia Roma, Tlatelolco, la calzada de Tlalpan y la colonia Doctores.
Sin embargo, nuestro entusiasmo se vino abajo cuando, pese a la desgracia, se nos impidió actuar como rescatistas improvisados, pese a que haríamos falta en esa noble labor. El ejército y las fuerzas de seguridad capitalina habían tomado el mando, pero no el control de la situación, la que seguía siendo un caos.
De un lugar a otro íbamos con el deseo de ayudar. Picos y palas dentro del mini auto, pero si todo había sucumbido ante el violento terremoto, la burocracia oficial del gobierno del DF permanecía intacta.
Dos días después de la primera sacudida el olor a muerto se percibía en el ambiente, y en algunas zonas era ya insoportable, sobre todo en la colonia Roma, en donde los edificios de tres, cuatro y cinco pisos, si no habían caído, estaban recargados entre sí, sostenidos solo por la gravedad y el peso del más resistente.
La escena en algunas áreas era dantesca y aumentaba por las noches, cuando la vigilancia se relajaba, porque era cuando los zopilotes humanos, aquellos seres sin sentimientos, sin moral, sin ética y sin valores humanos, ingresaban a las ruinas para despojar de sus pertenencias y valores a los cadáveres, en un espectáculo aterrador.
Durante varios días solicitamos a las autoridades, al igual que infinidad de voluntarios improvisados como nosotros, se nos autorizara para apoyar en las labores de rescate, pero fue en vano, y vino a mi mente lo que ya era obvio para muchos; entre los escombros y pertenencias de las víctimas, había un tesoro en forma de dinero, joyas, y muchas cosas de valor que posiblemente fueron saqueadas por aquellos buitres que habíamos visto caminar con sigilo entre las ruinas menos peligrosas.

El otro saqueo

Como estaba relacionado con gente importante por haber trabajado varios años para el expresidente de la República, Luis Echeverría Álvarez, supe de algunas de las cosas que la ayuda internacional había enviado a la capital para ayudar a los damnificados; cientos de casas de campaña enviadas desde Francia, alimentos enlatados que España había enviado, toneladas de ropa enviada desde Estados Unidos.
Miles de artículos de todo tipo fueron enviados de Europa, Asia y países de América, tanto para rescatistas como para damnificados: linternas, herramienta, bolsas de dormir, y una infinidad de artículos, la mayoría de ellos nunca llegaron a su destino, porque después de algunas semanas, ya asimilado el impacto, se vendieron como ‘pan caliente’ en algunos de los tianguis de la ciudad, o formaban parte de las pertenecías de algunos malos empleados o funcionarios del gobierno capitalino, lo que me causó una fuerte indignación.
Mientras esos artículos destinados para la ayuda de los damnificados y víctimas del terremoto eran vendidos al mejor postor en los mercados ambulantes, miles de personas seguían durmiendo en las calles, banquetas y vehículos en abandono, ante la abulia de las autoridades que posiblemente lo permitieron.
Pero de entre las ruinas algo importante surgió; la solidaridad de los mexicanos nos unió en medio de la desgracia, y como pudimos nos ayudamos donando parte de los poco o mucho que teníamos, y el pequeño equipo que formé, lo convertimos en voluntario para recoger víveres, medicinas, ropa y alimentos de donde fuera, los que entregamos a la Cruz Roja Mexicana para su posterior donación.
Los que siguieron en esto dieron vida a lo que hoy se llama el Sistema Nacional de Protección Civil, que fue formado por ciudadanos comunes como los que integramos ese pequeño equipo solidario, y los que no, tuvimos que salir de la gran urbe e instalarnos en la provincia, tratando de olvidar esa desgracia que cada año se repite con pasmosa precisión en nuestra memoria.

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Hasta mañana
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