Las escuelas… libres

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Dos veces en menos de quince días se han suspendido las clases en las primarias oficiales de la localidad bajo distintos pretextos o “razones”, como han sido los movimientos sindicales y las juntas de capacitación y otras cosas que se inventan muy a menudo, no sabemos a ciencia cierta si son para evitar cumplir con su trabajo, o de plano, porque el calendario lo contempla.

En ese sentido, los afectados somos los padres de familia pero más nuestros hijos: es comprensible pensar que lo que no se les enseña a tiempo les hará falta más adelante, y si bien es cierto que están contentos por estar en casa, con los amigos o los videojuegos, no es precisamente lo mejor en que pueden ocupar su tiempo durante la juventud.

Fallan sindicatos, agrupaciones, dependencias… todo falla, porque no es posible pensar que está bien el suspender clases por cualquier motivo.

Ejemplos graves los tenemos en Nueva Jerusalén, donde fanáticos destruyeron la escuela y los chicos tardaron un mes aproximadamente en retomar sus clases en sitios no aptos. Claro, la autoridad, como siempre, “conciliadora a tope” no hizo nada con los fanáticos delincuentes que destruyeron un bien nacional.

Otro ejemplo grave es en Michoacán, donde los jóvenes que no estudian ni merecen lugar en las universidades tomaron las instalaciones durante varios días y se aferraron a que les den una oportunidad que nunca ganaron. La autoridad, como suele suceder, brilló por su ausencia, porque hasta que los estudiantes hicieron presión y casi se propicia una matanza, fue cuando se recuperaron las instalaciones.

Nada más grave que lo anterior, porque para allá vamos si no se atajan los problemas con inteligencia y haciendo respetar la autoridad, que es fundamental. No podemos permitirnos que un grupo de lo que sea pare fuentes laborales, cierra escuelas o calles, y los negociadores oficiales, por temor a un supuesto estallido social, salgan a tratar de “negociar” con los vividores que encabezan este tipo de movimientos, y que, luego de recibir dinero a cambio, desintegran todo.

En Michoacán estaban metidos jóvenes de “yo soy 132” que seguramente no tienen idea de lo que pelean, al igual que en la ciudad de México, con los temas referentes a la Reforma Laboral que se discute en el Congreso de la Unión.

Somos buenos para reclamar pero, ¿para cumplir no? El caso es que tiene derecho a reclamar el que cumple. El flojo, el vividor, el que no cumple, no tiene ningún derecho a hacerlo, así de claro.

Nuestros hijos no van a clases porque hay elecciones sindicales; ¿no podrían haberlas hecho en fin de semana? No van porque los profesores son objeto de una capacitación que nunc hemos visto cristalizar: ¿No pueden hacerlo en horas fuera de clase, ya que les representará beneficio económico?

Por esa y muchas razones, la educación pública en México tiene mala reputación; sucede con las chicas que salen de noche elegantemente ataviadas y se pasan de copas: todos tienen malos pensamientos acerca de ellas, cuando no todas son lo que se piensa.

Así en las escuelas: cada suspensión de clases se piensa que es motivo de holganza. En educación superior siguen permeando los supuestos líderes que viven del presupuesto con todo y familiares incrustados en fuentes laborales, y siguen mermando los esfuerzos importantísimos que se llevan a cabo para tratar de hacer de la nuestra una sociedad con gente preparada.

Es hora de actuar, de acabar con tiempos muertos, con pretextos para no dar clases, de acabar con dirigentes estudiantiles que no sirven para nada y lucran con presupuestos, que mantienen a esposas o esposos, novias o novios, hermanos, cuñados y demás familiares, y no conformes con eso, cargan la mano a quien realmente cumple con su trabajo, minimizando ese esfuerzo en forma inicial, aunque sea el motivo por el que sobreviven: los éxitos de esa gente que sí trabaja.

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Atentamente

Carlos David Santamaría Ochoa Ph.D.
A.I. Periodismo y Comunicación