Estar en la televisión viendo un clásico de fútbol nos lleva a pensar en que somos una raza que gusta de vivir en la ilegalidad. Explicamos.
No es congruente, por ejemplo, ver a un muchacho deportista como el “Cubo” Torres que vive simulando faltas para tratar de engañar al árbitro, al público y a sus contrincantes, para obtener un beneficio. Eso se llama fraude, trampa, y debiera de castigarse con la misma rigurosidad que para alguien que comete fraude bancario, que mata, que roba, pues.
Nada hay de extraordinario en suponer que quien tiene intención de hacer fraude deba ser más o menos castigado que otros: los delitos eso son y ya, nadie tiene por qué pensar que se debe ser indulgente con alguien que hace trampa.
Igual, este domingo, en el derby español entre Real Madrid y Barcelona sucedió lo mismo con un supuesto crack como es Andrés Iniesta, quien es famoso por sus clavados para engañar.
Así lo vemos cotidianamente en las calles: el que se para en doble fila y estorba a decenas –a veces, cientos- de ciudadanos que, en automóvil o a pie tenemos el mismo derecho a circular. Se voltea indignado y dice: “es un momentito”, y encima, hay que soportarlo.
Lo vemos con los cientos de automovilistas –probablemente incluyendo a usted- que manejan con el celular en la mano, como si el chatear en ese momento fuera vital o determinante para la existencia de nosotros. Nada hay más valioso que la vida, y cuando de manejar se trata, las medidas que se toman no son pocas ante el peligro que implica manejar viendo la pantalla del móvil en lugar de los autos o bicicletas y motos que tenemos enfrente.
Tenemos la ilegalidad a flote, cuando queremos omitir el pago de un estacionómetro –de los que, insistimos, no estamos de acuerdo- y cuando llega el inspector le espetamos molestos: “es solo un momentito”.
Ilegalidad es enviar tareas que no fueron hechas por nosotros, bajo la estúpida e incongruente costumbre del “copy-paste”, es decir, copiar y pegar, sin siquiera ver si tiene el texto calidad, esperando que el profesor no revise el contenido y nos ponga una calificación por ese fraude.
Engañar, vivir en la ilegalidad quiere decir que llegamos a una esquina y, como no vienen autos, nos pasamos la luz roja y decimos que “al fin que no venia nadie”. Estamos infringiendo una ley y no hay justificación para ello.
Lo vimos en el Derby madrileño, pero lo vivimos a diario.
Cuando nos multan, vamos a buscar a Miguel González Salum y le exigimos, en nombre de la “amistad” que nos quite la multa que nosotros nos ganamos, o cuando nos cobran por no pagar a tiempo, sea en predial, servicio de agua potable o lo que haya sido.
Ilegalidad es querer decir a nuestros hijos que se porten bien, que sean hombres de bien y que haya motivos para pensar que somos poco claros en nuestros procedimientos, como cuando decimos: “dile que no estoy”, o cuando un funcionario le dice a su secretaria “dile que estoy en reunión, que nos reportamos”…. Y nunca lo hace.
Estas son solamente unas pocas muestras de la ilegalidad con que vivimos a diario y no hacemos mucho por mejorarlas.
Las leyes existen, tenemos un congreso que las hace y pugna por su observancia, pero algo nos está faltando, porque no alcanzamos a comprender la importancia de vivir dentro de ellas.
Es tiempo, pensamos, de dejar de simular cosas, de dejar de cumplir obligaciones, de hacer las cosas claras, con honestidad.
De no meternos en la vida de los demás y ocuparnos de hacer una buena vida la nuestra, de dejar los chismes, de dejar que cada quien labre y construya su destino… y nosotros, en un afán humano y justo, ocuparnos de nosotros mismos y de ser honestos.
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