En todas partes hay bueno y malo, y eso lo sabemos; no podemos afirmar que en el grupo, universidad, dependencia o partido político todo mundo sea bueno o todo mundo malo: hay de todo, “Como en la viña del Señor”, decía la Biblia, y la verdad, aunque quisiéramos que todo mundo fuera positivo, no deja de molestar el hecho de que alguien se encargue de destruir la armonía o que desentone con lo que los demás hacen.
Pero grave, muy grave es el hecho de que una institución o dependencia cuente con un dirigente o líder que tenga muchas cosas de qué avergonzar. Decimos avergonzar, porque este tipo de personajes no conocen la vergüenza propia y deambulan por los campus o por las oficinas dejando una estela de podredumbre, de malos hábitos y trafiques de toda índole, en aras de mantener su liderazgo, sucio, oxidado y que la verdad sea dicha, con todas sus letras: apesta, y por diversas razones, siendo una de ellas la de haber llegado con métodos que tienen que ver con la traición, y además, porque son liderazgos obsoletos, de los que ninguna dependencia o institución debiera ya de soportar.
Esos pseudo líderes que se placean en las calles y restaurantes con jóvenes cuya belleza es superficial, y que lo hacen porque de esos paseos depende su trabajo a falta de capacidad; esos pseudo líderes que imponen a quien dirija y siguen siendo ellos los que manejan los hilos del teatro, los que disponen sin conocimiento y que se dedican a ver enemigos en cualquier persona que tenga más inteligencia que ellos, o sea, casi todos los que les rodean.
Líderes vanales que aprovechan su posición para hacer creer a la sociedad que son útiles, pero que se regordean con las instalaciones que construyen en casas y ranchos, departamentos de renta y esas cosas que, como dice el dicho: “el dinero y la idiotez nunca se pueden ocultar”, y que muchas veces caben los dos calificativos en sujetos de esa calaña.
Personas que lucran con los presupuestos oficiales, y que también, aprovechan para colocar a sus familiares en los sitios donde mandan e imponen su desafortunada y nada limpia ley, llevando lo mismo a su pareja que a cuñados, hermanos o hermanas, y no conformes con ello, distribuir en las nóminas a sus incondicionales, desde quien aparentemente dirige, hasta los familiares de esa persona, que tienen inundada la fuente laboral de grilla barata, de rumores y de soplones, que no son más que personas que lograron arrancar un título a base de lambisconerías, de no entrar a clases y permanecer en la lista de los que hacen tareas personales.
Líderes que se ufanan de celebrar sus cumpleaños trayendo grupos musicales a la usanza de los viejos rancheros: caros, de moda y otras cosas solamente para que la gente vea que pueden gastar sin límites, al fin y al cabo que ellos no pagan esos recursos.
Esos son los líderes que deben desaparecer porque hacen muchísimo daño a las instituciones y a la sociedad. Ya se hartaron de recabar fondos de manera poco clara, ya se hartaron de conquistar jóvenes pagando porque las demandas no procedan, ya se hartaron también de imponer gente en puestos, de exigir beneficios no merecidos para sus lacayos, ya se hartaron, también, de pedir que la gente les rinda, cuando su calidad moral y humana está muy lejos de ser valorada por alguna gente con sentido de la inteligencia.
Líderes que abundan cada vez menos, pero que hoy en día lastiman a las instituciones y acaban con los proyectos de superación, imponiendo, a base de publicaciones pagadas, una reputación no ganada en el trabajo diario, una reputación que es reprobable en cualquier parte del mundo donde se desenvuelven.
Es tiempo, pensamos, que se haga una exhaustiva investigación y se acabe con esos personajes, que se les guarde en el rincón del olvido y que se tenga memoria de ellos, para que los que vengan no traicionen a su jefe como ha sucedido en este caso, y que no se hagan ricos ni impongan a toda su familia en la nómina, que es lo más inmoral que debiéramos condenar los que queremos una institución distinta.
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