Ilegales o ¿Inmorales?

Siempre quedará la duda sobre lo que es ilegal o inmoral; de hecho, hay un refrán sobre el tema que reza: “Lo mejor de la vida es inmoral, ilegal… o engorda”, y se refiere entre otras cosas, a placeres mundanos, corporales y demás.
Sin embargo, cuando uno infringe la ley, se convierte por consecuencia en un infractor, situación que en ocasiones la ubicamos en forma voluntaria o involuntaria, es decir, que nos multan o algo por el estilo por una omisión de trámite o ciertas cosas que ignorábamos.
No somos precisamente culpables por hacer caso omiso, pero sí porque no entendimos la naturaleza de la ley que debe acatarse por todos sin distingo.
Cierto es que si omitimos un reglamento, hay que pagas las consecuencias, pero lo más grave es cuando sabemos que hacemos mal y no remediamos las cosas: los automovilistas que circulan sin placas, con calcomanías de agrupaciones apócrifas o con placas americanas lo saben, pero no se les castiga.
Pero hoy no queremos hablar de esa ilegalidad sino de la otra que también atañe a todos y nos perjudica por igual, y que se refiere a la contaminación.
Es increíble ver circular a un retrógrada en un vehículo que lleva detrás de sí una estela de humo, contaminando medio paso de la ciudad, como si fuera un chiste o gracia; de esos abundan en la capital, y pareciera que nadie puede ponerles un “hasta aquí”.
Hay que pensar que cada absurdo conductor que hace esta estupidez –no se le puede llamar de otra manera- perjudica sus pulmones, los de su pareja, sus hijos y ¡LOS NUESTROS! Por el simple hecho de escudarse en no tener para arreglar el carro, en haber comprado de oportunidad una chatarra de automóvil, por lo general en un lote de la frontera, o simplemente, porque no tiene conciencia de que el humo nos perjudica a todos.
El planeta está mal porque los seres humanos nos hemos encargado de dar al traste con el equilibrio ecológico a través de diversos mecanismos en la historia, sin embargo, pareciera que no consideramos la posibilidad de que un día no podamos respirar más y tengamos que recurrir a fabricar oxígeno.
Este grupo de automovilistas debería ser castigado con tal severidad que fuera ejemplo para quien arremete contra la naturaleza, quien tira basura en los mantos acuíferos, o detergentes de difícil disolución en los veneros de la ciudad. Es tan grave lo anterior como destruir el medio en el que nos desenvolvemos.
Debería haber alguna instancia oficial para obligar a estas personas a dejar de conducir, so pena de ir a una cárcel por delitos que atentan contra la colectividad.
Pensará el lector que exageramos, pero no resulta nada grato circular por el eje vial o alguna de nuestras calles e ir respirando el humo del aceite quemado que emana de estos vehículos.
En ese sentido, podría establecerse una vigilancia entre autoridades federales de protección ambiental, estatales del mismo rubro, municipales, de tránsito y vialidad y protección ambiental y algunos ciudadanos comprometidos, para evitar que nos estén jorobando la existencia a todos.
Cierto, tenemos otro tipo de problemas que requieren atención urgente, pero suponemos que, cuando llegue el turno a los contaminantes podría suceder que las medidas que se tomen no fueran ya necesarias, porque entonces, el planeta ya exigiría algo más que medidas, algo más que pudiera responder a las necesidades de todos sus seres vivos.
Nosotros esperamos que alguien tenga la iniciativa y nos preocupemos por el ambiente, y que estos vehículos dejen de circular, por exigencia oficial o social, comunitaria o personal, pero que, por favor, hagan algo para que no se contamine de más lo que ya está de por sí deteriorado, y que es el aire que respiramos a diario, nuestros hijos, nosotros mismos, y los que nos rodean.
Un poco de conciencia no nos caería mal, ¿no cree usted?
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