Las Golondrinas

En las graduaciones y fiestas de conclusión de estudios o algo por el estilo, en México se estila un canto tradicional llamado “las golondrinas”, y que evoca a esas aves viajeras que irán a un sitio desconocido quizá, pero sí distinto al que habitaron durante sus últimos días. En el caso de la política, las golondrinas serán entonadas para el habitante de Los Pinos, luego de haber vivido durante seis años en la residencia oficial, para emigrar, unos dicen, a Harvard, y otros, a sitios que van desde el nombre del rancho del ex candidato de las izquierdas, hasta su antigua vivienda, en el barrio de Coyoacán, un lugar tradicional, típico y muy exclusivo, en la ciudad de México.

El caso es que Felipe Calderón Hinojosa dejará a partir de este 1 de diciembre de ser el habitante principal de la residencia de Los Pinos, y además, cientos de personajes de la política nacional tendrán el mismo destino: las golondrinas y un futuro incierto, dado que en nuestro país no existen servidores públicos de carrera: solamente de recomendación, de amigos y, como sucedió en estos últimos seis años: de chiripa.

Se van los delegados y con ellos muchos expedientes negros de programas no ejecutados, y si no, habría que preguntar a Loncho Mejía o a Cabeza de Vaca lo que se hizo con los multimillonarios recursos que bajó la Federación durante sus gestiones, y que obviamente, no llegó a los pobres, propiciando, por un lado, dos nuevos millonarios y sus compinches ricos, y por el otro, muchos, pero muchos más pobres en nuestra entidad.

Los delegados tendrán su renuncia firmada y prácticamente ejecutada: amarga navidad, diría la canción, para aquellos que estarán sin chamba, aunque lo amargo se cura con los “bonos” cobrados por cada uno de ellos y que suman muchos, pero muchos miles de pesos, tantos como nunca imaginaron ganar: el premio a seis años de complicidad y de burocracia ejercida a medias.

Con los delegados y funcionarios especiales cambiarán también algunas de las partes fundamentales de las estructuras del gobierno de la República, que, hay que decirlo y entenderlo, NO ES el gobierno de Enrique Peña Nieto, sino de la República, el gobierno de México, que encabeza el licenciado Peña Nieto, sí, pero nada más.

Se ha tenido la mala, muy mala costumbre de etiquetar al gobierno como si fuera propiedad de un partido político o un personaje: nada más equivocado, pero el tema no es el de hoy, y por ello, luego comentaremos al respecto.

Volviendo a nuestra reflexión, será interesante ver que, a partir de enero de 2013 habrá nuevos inquilinos en muchas pero muchas oficinas federales, y también con ellos, para millones de mexicanos, la esperanza de que las cosas cambien para bien.

Esperamos no sea realidad el rumor que se ha manejado respecto al retiro del subsidio a las gasolinas, lo que detonaría una muy severa crisis económica que rayaría en recesión; esperamos, también, que los temas que tanto nos preocupan sean ocupación de los encargados de los mismos, y que pronto podamos volver a salir a nuestras calles con tranquilidad.

Esperamos que los recursos federales aterricen hasta las más humildes viviendas, que los programas se ejecuten, que los medicamentos que la Federación debe enviar, lleguen a nuestros hospitales y demás, y que la educación en el país mejore para todos nuestros hijos, así como que en otros renglones haya cambios positivos.

Hubo cosas buenas en el sexenio de Calderón, lo sabemos, no podemos esconderlo y sería injusto hacerlo, como sería también injusto reconocer la falta de capacidad para enfrentar una serie de problemas que México ha vivido en el último sexenio y que, por corrupción, ineficiencia y otras cosas, nunca se llevaron a cabo.

El cambio llega este 1 de diciembre, y en lo personal, tenemos muchas esperanzas de que sea positivo. Religiosamente hablando: ¡Dios permita que así sea! Que bien lo merecemos los mexicanos.

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