Gracias a la vida: once lustros

En casa, siempre hicimos mucho alboroto por los aniversarios de natalicio: los cumpleaños fueron las fiestas quizá más importantes, después de los días de la madre, del niño, así como Navidad y Año Nuevo. Los cumpleaños significaron mucho para cada uno de los integrantes de la familia.

Permítanos el lector hacer algunas reflexiones personales, con el deseo de que no cause aburrimiento y cambio de lectura, pues.

De chicos, hacíamos dos fiestas en casa durante los primeros años: en agosto y diciembre: agosto, por los cumpleaños de Adán, Benjamín y Alma, y en diciembre, el mero día 21, por el cumpleaños de Carlos David. Luego, se sumó la fiesta de octubre para celebrar el nacimiento de Iola.

Había pastel y refrescos, no había para más, pero con eso nos conformamos siempre, porque lo pasamos muy felices, en familia.

En algunas ocasiones, llegaban algunos regalos de los seres queridos, pero no hacía mucha falta cuando teníamos el amor de cada uno de los integrantes de la familia.

Al iniciar nuestra vida laboral, organizábamos alguna cena el 21 de diciembre con 3, 4 o quizá 5 amigos, no más. Había guisos y poníamos las cazuelas con la inolvidable tinga que hacía mamá y otras cosas, para completar el menú. En ese tenor, tuvimos la oportunidad de contar con la asistencia de muy especiales e importantes amigos.

Hoy, las cosas han cambiado.

Sigue siendo el 21 de diciembre la fecha del aniversario; a once lustros de distancia respecto a nuestra fecha de nacimiento, hemos querido hacer un balance preciso de lo que la vida nos ha regalado, bueno y no tanto.

Un tercio y un poco más hemos vivido con el diagnóstico de diabetes, y hemos dado gracias al Supremo Creador por lo que nos ha ofrecido y hemos tomado para disfrutarlo.

Hace 32 años, la vida nos ofreció la maravillosa oportunidad de llegar a ciudad Victoria, a donde llegamos –lo recordamos muy bien- para permanecer solamente “unos meses”. Tomamos agua de “La Peñita”, aquel manantial que nos surtía, y como reza la tradición, nos quedamos para siempre, o al menos, hasta ahora.

29 años de distancia hacia atrás, unimos destinos con quien nos ha ofrecido el mejor regalo de la vida: David, Daniela y Dafne, los maravillosos hijos que han sido la luz en tinieblas, el sol en el día y la esperanza para seguir luchando.

Conocimos la Universidad Autónoma de Tamaulipas, donde llevamos a cabo nuestros estudios y hoy, laboramos formando profesionistas, o tratando de hacerlo, pero con la mejor de las intenciones.

Cuatro veces hemos viajado para recorrer el Camino de Santiago, terminando en Santiago de Compostela, uno de los sueños por cristalizar. Los hijos y el estudio han sido maravillosos, y de eso, damos gracias a 55 años de distancia.

La diabetes ha llegado hace ya diecinueve años y nos ha enseñado a vivir con otra disciplina y a compartir lo poco que vivimos y sabemos con quienes esperan aún, como nosotros, el milagro de una cura que seguramente llegará.

Hemos conocido gente maravillosa en estos 55 años; en Victoria, nuestra vida ha cambiado y agradecemos a quienes han estado cerca, muy cerca. Gente importante para nuestro corazón forma parte de la biografía que grabamos en alguna parte y que explica lo que somos y por qué lo somos.

Este 21 de diciembre, seguramente viviremos una muy hermosa jornada, aunque con la ausencia de esos tres soles y tesoros que la vida nos ha dado, sin embargo, agradecemos el llegar a cumplirlos, en la condición que el Supremo nos ha regalado.

Hoy, damos gracias a EL por todo lo que nos ha regalado, quizá, sin merecerlo.
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