Estar cerca de alguien que padece una enfermedad o una dolencia no es nada sencillo, más, cuando no tenemos idea de cuán grande es el dolor que ocasiona la molestia. No podemos tomar decisiones a priori, porque no resulta nada bueno de estas acciones poco meditadas.
Los días junto a mamá, junto a su cama o su sillón, viendo el rostro de dolor que ocasiona una vieja dolencia que aflora y lo hace en forma por demás agresiva nos motiva a pensar mucho sobre la forma en que debemos soportar y enfrentar las situaciones de dolor.
En primera instancia, no existe un “dolorímetro” que marque quien tiene más o menos dolor, o si éste es de grado 1, 2, o 7 y más. Nadie tiene el mismo umbral del dolor, por lo que, una migraña, por citar algún ejemplo, durará distinto tiempo y dolerá en forma distinta en 2 o más personas, porque no somos iguales ni en aguante, constitución física, condición médica, edad y muchos otros factores.
Nadie puede decir que “es un dolor soportable el que tiene ella” cuando no se ha metido en su mente y su corazón, ha vivido lo que ella y está padeciendo el problema en sus vértebras, que ocasiona aprisionamiento de ciertas partes del organismo, y por consiguiente, un enorme dolor que no le permite siquiera ponerse de pie.
El dolor de ella no se compara con nada, y eso lo estamos viviendo a cada momento quienes tenemos la fortuna de encontrarnos a su lado, pero angustiosamente, que pronto estaremos de vuelta en casa, siendo que quedará, como casi todo el año, con su “viejito” de toda la vida, y la compañía un poco lejana y un poco cercana de quienes conforman la familia en este lugar. Los “fuereños” tendremos que conformarnos con una llamada o dos al día para saber su estado de salud, y la angustia de no estar ahí, para consolarle, ayudarle a levantarse o a darle el medicamento siquiera, y prodigarle un cariño o un beso que pueda ser paliativo en su dolor.
Insistimos, el dolor que ocasionan problemas de la columna no se compara con casi nada; hemos tenido episodios de esta naturaleza que nos han dejado totalmente encamados, sin la fuerza para levantarnos o para soportar las punzadas, la opresión u otros síntomas propios de esta parte del organismo, que deja una importante estela de dolor en quien padece estos males.
Medicamentos van y vienen: se toman algunos, se cambian por otros y así, ocasionalmente, vemos el reloj para saber cuánto tiempo falta para que pueda tomar la siguiente pastilla que nos quite, aunque en forma pasajera, el dolor intenso que sufre desde hace más de 72 horas, y que le mantiene postrada en cama, con un tremendo dolor en la columna que le impide levantarse erguida y orgullosa como siempre lo ha sido.
Mamá está mal, y sus hijos no podemos hacer nada por quitar su dolor.
No ha funcionado aquel beso que en la infancia ella prodigaba cuando sufríamos alguna lastimadura y que, acompañado de un “no pasa nada” hacía que dejáramos de llorar y aparentemente ya no nos dolía más.
Tampoco funciona la milagrosa inyección que quite todo el dolor; a decir del experto, hay que llevarla a que la atiendan bien y en serio, con análisis y estudios que permitan saber qué exactamente sucedió y qué es lo que le cura. Nada más.
No funciona el estar a su lado prodigando caricias o un masaje en su pierna, un vaso con agua o un rico jugo de alguna fruta. Lo único que funciona no está a nuestro alcance y es precisamente el medicamento que quite el dolor.
Recordamos a Javier Alanís, excelente anestesiólogo victorense y quien maneja la “clínica del dolor”, y lamentamos que no esté cerca de mamá, para que le quite todos sus dolores.
Mamá está enferma, y la verdad, no sabemos qué le pueda suceder o qué pueda hacer para quitar su dolor para no más volver.
Comentarios: [email protected]