No se puede concebir una existencia sin la presencia de los seres queridos, aquellos a los que realmente les interesa lo que hagamos o dejemos de hacer. En ese sentido, valoramos enormemente la entrañable visita de la familia Ochoa Valdés, conformada por el excelente médico cirujano Ayax Iván Ochoa Romo, su maravillosa esposa María del Carmen Valdéz de Ochoa, su queridísima hija Mary Carmen, Manuel –su esposo- y sus dos pequeños herederos.
Hemos de confesar que por diversos motivos la familia se ha esparcido por diversos puntos del orbe: Benjamín, allá por Toronto, hoy en el Distrito Federal; Adán, en Cuernavaca, Alma, en Aguascalientes al igual que Iola, y nosotros, donde hemos conocido la felicidad en todos sentidos: Victoria, la cenicienta, la que describió el profesor Francisco de P. Arreola, así como las inolvidables damas de los clubes literarios que a lo largo de nuestra existencia han dejado su arte y su poesía en la historia de la capital tamaulipeca.
Ayax es el hermano mayor de Iola, a quien debemos la existencia y los primeros cuidados: una madre siempre ocupará ese insustituible lugar, más, cuando se encuentra compartiendo su existencia con un hombre tan maravilloso como lo es Alejandro, a quien debemos mucho de nuestra formación secundaria, ya que la inicial siempre estuvo a cargo de Iola, la guerrera, la incansable, hoy, postrada en cama con dolencias cuya repercusión invade a los miembros de la familia, por los intensos dolores, producto de sus males de columna vertebral.
Ayax y familia han llegado a casa de Iola y Alejandro, y hemos disfrutado una maravillosa tarde; han regresado a casa, a San Luis Potosí, sin embargo, nos han dejado imborrables recuerdos: que el columnista recuerde, hará unos 30 o 40 años quizá que no nos reuníamos las dos familias, en la parte que estuvo presente.
Valoramos intensamente el esfuerzo de venir hasta casa desde la ciudad potosina, pero más valoramos el que se refuercen los valores de familia, esos que el DIF en el país inculca a todos los mexicanos, o los que debiéramos fortalecer cada uno de los que hemos tenido la maravillosa oportunidad de ser padres.
Los valores de la unión y solidaridad familiar han quedado de manifiesto en torno a la cama donde Iola trata de vencer el terrible dolor, hoy, combatido sin mucho éxito con una enorme batería de medicamentos que no han repercutido positivamente en su esfuerzo por aliviar, por calmar las dolencias.
Paréntesis, para reconocer a Javier Alanís, excelente médico anestesiólogo, quien en su manejo de la Clínica del Dolor en el Hospital General de Ciudad Victoria permite que los individuos que padecen alguna gran dolencia encuentren alivio. Alanís es un hombre marcado por el Ser Supremo, porque quita el dolor, que es quizá lo peor que puede tener un ser humano.
La familia –retornamos al tema- sigue siendo el mayor de los tesoros, y el esfuerzo por unirnos de nueva cuenta ha quedado de manifiesto. Una fotografía con el tío, aquel joven estudiante de la Escuela Médico Militar con quien compartimos muchos momentos en la infancia; ese hombre que alivió el pánico de estar en un quirófano y el dolor de una apendicitis como primera experiencia quirúrgica, y que, con su fuerte carácter y su amorosa mano supo dar calma al entonces niño de 14 o 15 años.
Su familia, parte de la nuestra, que resulta fundamental en muchas cosas, nos ha regalado inolvidables momentos.
Ha de pensar el lector que nada tiene que ver la narración con la actividad periodística. Permítanos hacer el paréntesis para no hablar de temas económicos o políticos, sino de los que tenemos que fortalecer, para cambiar como sociedad y como nación.
La unión familiar, sin duda alguna, es el más grande tesoro que puede haber, al encapsular en una hermética cápsula de amor y comprensión a los seres que llevan nuestra sangre.
Luchemos porque nunca decaiga el ánimo, y que la familia siga siendo lo más importante. Hay que solidificar su estructura, a base de una sola sustancia: el incondicional amor de cada uno de sus miembros.
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