Perdona que sea por este medio, pero creo que me hace falta decirlo: madre, gracias por haber compartido estos maravillosos días, aunque estés postrada en cama, con la esperanza de que vuelvas a compartir esos paseos e idas a comprar café para papá, para la Flaca, para mis queridos sobrinos y mi amada Iola, la pequeña de la familia.
Asomarme a tu recámara y verte tranquila, dormida, ha sido un buen regalo, porque significa que estás soportando y superando este terrible dolor que desde Navidad te aqueja y te tiene postrada en cama, aunque no puede ser total mientras el dolor siga, esperando la intervención quirúrgica que ha ordenado Ayax, el mejor de todos los médicos.
Verte, madre querida, con la tranquilidad que otorga el sueño pasajero, es un bálsamo para los que estamos preocupados por ti, porque puedas levantarte como lo has hecho a través de los años.
Asomarme con sigilo y cubrir tus pies helados para procurar darles calor es un buen regalo de Dios, porque me ha permitido, por once lustros, saber que estás, en cuerpo, alma, espíritu y oraciones.
Verte, madre, quejarte en silencio no es nada agradable, y ver que tus medicamentos alivian un poco el intenso dolor que experimentas es signo de esperanza para todos nosotros.
El amor que nos has regalado e inculcado, la forma de querer a los que amamos ha surgido de lo más hondo de tu corazón.
Recordaba aquel árbol plantado en Los Alamos, en la parte trasera de la casa que abrigó nuestros sueños, y de donde partí para volver a nacer en el Tamaulipas que amo; ese árbol que plantamos juntos, en familia, nunca podrá ser borrado de mi mente, queridísima Iola.
Pido en todo momento, madre, que la salud llegue a tu cuerpo, y que nos ofrezca el Ser Supremo la oportunidad de tenerte sana, aliviada y caminando, sería el mejor regalo que la vida otorgue en estos momentos difíciles.
Sabemos, mamá, que el sufrimiento que pasas es pasajero, o queremos entenderlo de esta forma. Imagino tu paso por el quirófano, próximo a suceder, y las oraciones y pensamientos que regalamos a tu persona en cada minuto que compartimos, queridísima mujer fuerte, mujer valiente, nos hace sentirnos más unidos que nunca: una familia que nació y fortaleció cada una de sus raíces, que han dado buenos y maravillosos frutos: Inti, Alondra, Paluna, Ivanna, Ximena, David, Daniela, Dafne, Emiliano y Santiago: los maravillosos frutos que cuelgan de cada una de las ramas que has cuidado por décadas con el amor que te distingue, querida Iola.
No puedo más que ofrecer lo que soy y lo que siento, aunque en estos días mi sentimiento haya sido abandonado por quien supone que el amor lo puede todo, ignorando lo que una vez dijo San Pedro: “El amor no tiene límites”; esto hace más difícil el pasar situaciones como las que se viven dentro de un ser que, callado, entiende que el amor proferido no ha tenido una buena siembra, se tambalea y flaquea.
Pero nosotros, Iola querida, estamos pensando en todo momento en que recuperes tu salud; recuerdo a mis amigos cuando su madre ha caído enferma, y entiendo la preocupación que viven a cada momento.
Hago acopio de toda la fuerza posible para que nuestras oraciones lleguen con lo que hacemos en cada momento, y te permitan, Iola de todos nosotros, recuperar tu salud.
Gracias, queridísima mujer valiente por haber hecho de cada uno de nosotros lo que hoy somos, y gracias, una vez más, por permitirnos devolver en muy pequeña escala los cariñosos cuidados que nos prodigaste cuando pequeños a cada uno de nosotros.
Gracias, Iola, madre querida, y por favor: recupera tu salud, que es lo que todos anhelamos con el corazón. Que Dios nos permita vivirlo.
Comentarios: [email protected]