Princesa

Pareciera que en alguna botella se encontró el mensaje, o que en alguna parte del mundo, bajo de una roca, bien guardado, estaba escrito para aquella mujercita que llega a una etapa importante de su vida: el que una mujer cumpla quince años es algo muy significativo, algo especial, y seguramente para quienes son sus padres, será igual de importante.
El caso es que para el columnista la fecha del 4 de enero es sumamente especial: festejamos el día del periodista; luego, el año de 1986 nade David, el primero de los tres regalos de Dios. Doce años más tarde, es decir, en 1998 llega quien ilumina con su bondad y ternura el hogar: Daniela.
Llegaría en el año 2 mil Dafne, la tercera fruta de un árbol donude procuramos siempre un amor incondicional y una solidaridad familiar, rota hace poco físicamente, pero nunca en el corazón.
Cuando Dany vino al mundo llenó de ilusiones un hogar; significó quizá el más grande regalo luego de muchos problemas vividos: llegó en forma de niña la bendición más importante de ese tiempo, que con sus tiernos llantos y su perceptible sonrisa nos hizo entender lo que es el amor hacia un pequeño ser, femenino, con la forma de un resplandor para nosotros.
De esa forma, Daniela llega a nuestras vidas y nos enseña lo que es amar, la caricia tierna que una niña suele compartir en el rostro de papá, o el primer día en que alcanza a levantar su cuerpo con sus piernas únicamente.
No se puede olvidar, princesa, aquel día que dijiste por vez primera la palabra mágica: “papá”, y que realmente marcó muchas cosas en mi vida.
La sociedad en muchas partes del mundo suele hacer una presentación en sociedad de las chicas que llegan al aniversario número quince, con una gran fiesta y demás, incluyendo el brindis y la tradicional misa de acción de gracias que muchos malos católicos han convertido en sucio negocio.
Hubiera querido, mi pequeña gran mujercita, haber vivido a la orilla del mar para que, en un día tan especial estuvieras recibiendo el amanecer, con el brillo del Sol que, como recordarás, es el símbolo de la existencia de Dios (¿recuerdas nuestras oraciones cuando íbamos al CENDI?), y entonces, dirigieras tu mirada a las rocas y encontraras, guardada por algunas conchas como fieles guerreros, la carta que quisiera haber escrito para que supieras lo que ha sido mi vida en este tiempo que has estado cerca, muy cerca.
Recuerdo tus carreras por nuestra casa, tu traje de Ninja o tus juguetes distintos a los de muchas niñas: siempre has sido y serás diferente, porque Dios te ha marcado con una estrella muy especial, mi pequeña gran mujercita.
No puedo olvidar tus días en la primaria de todos mis hijos y todos mis recuerdos, cuando hiciste de la excelencia una rutina y convertiste lo imposible en viable, cuando entendiste que la vida es de quien lucha por ella, y de quien tiene el corazón y las agallas para enfrentar los retos que vengan.
No puedo más que recordar, mi pequeña princesa, esos días en que me has enseñado lo que sé de tus juegos y aficiones, cuando me has regalado ese beso que se convierte en algo especial, mágico, que cura todos mis males, como sucedió hace mucho con otra mujer en mi vida.
Tengo en la mente muchos recuerdos: tus días de futbolista o de taekwondista, de los festivales del CENDI o de tus participaciones en otros talleres y cosas, o tus primeras notas de violín.
Pequeña gran mujercita, este 4 de enero, cuando llegas a cumplir quince calendarios, solo puedo decirte que lleno mi mente de agradables recuerdos vividos a tu lado y con tus hermanos y tu madre; significas y has significado para mí uno de los grandes motores por los que sigo vivo y he luchado por ser lo que soy.
Mi pequeña gran mujercita, en el día de tus quince años, solo puedo decirte en resumen, todo lo que significas para mí y para los demás, lo que eres y tendrás, lo que soy para ti: mujercita de mi alma: TE AMO!
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