Solo trato de ser padre

Los individuos, y en especial, los seres humanos, tenemos como suele suceder muchos defectos y virtudes, pero en cuestión de paternidad, nunca actuamos de mala fe o casi nunca; no se entiende que un padre tenga acciones mal intencionadas razonadas hacia sus herederos, o al menos, no sería lo más común.
Quienes experimentamos la maravillosa proeza de ser padres, el milagro de la vida de otros seres encomendado por el Ser Supremo a nosotros, sabemos del enorme compromiso que ello implica.
No hablamos de los aspectos materiales y del dinero para ellos; no entendemos que vestirlos y darles de comer sea lo único que debemos hacer.
Hay quien piensa que dar lo material es suficiente, y luego, tenemos ciudadanos que se dedican a actividades fuera de la ley, porque no tuvieron el consejo a tiempo de quien supone ser el mejor amigo y guía.
Cierto: a veces nos falta mucha capacidad para entender a los hijos, nos falta educación o formación. Cuando David nació entendí que lo amaba en forma tal que me dedicaría durante toda mi existencia a él. Posteriormente, ese don fue repartido en tres seres: él, Daniela y Dafne, los soles de la existencia que han permitido que uno siga avanzando. No hay otra cosa más maravillosa que dedicarse a los hijos, y Dios sabe que es así, porque de otra forma no nos hubiera regalado tan maravillosa oportunidad de encontrar el camino a la realización humana, que otros llaman santidad y de diversas formas.
Cuando uno se acerca a los hijos tiene el riesgo de cruzar por un choque generacional y no entender sus ideas, formas de pensar o algo más, sobre todo, cuando se atraviesa la etapa difícil de la pubertad y adolescencia, llamada por unos inclusive la “edad de la punzada” y por otros la “edad del perro”. Bromas, quizá, pero tienen mucho que ver con lo que queremos para ellos y lo que les damos. En ocasiones es distinto lo que ofrecemos a lo que entregamos, pero no podemos dudar que hay una amorosa equivocación.
Lo anterior, porque todas las acciones que tienen que ver con ellos van envueltas en un incondicional amor que a veces no es totalmente comprendido.
No esperamos la comprensión inmediata, pero sí la intención del por qué se hacen las cosas.
Un “déjame ayudarte” a veces es entendido de forma tal que pareciera agresión.
La abuela llamaba “música estridente” a cada maravillosa pieza orquestada por el famoso “Cuarteto Liverpool” que escuchábamos cuando pequeños. No le gustaban The Beatles y no había forma que entendiera que ese grupo era nuestra pasión. Seguramente, nosotros no entendimos en ese tiempo –más tarde lo asimilamos y disfrutamos- el gusto por los boleros o las canciones rancheras, por las Arias de ópera o las sinfonías completas de Mozart, Bach o los valses de Strauss. La música no tenía generación, pero para la abuela María, seguía siendo “estridente”.
Entendemos, querida, como personas que somos, que haya cosas que no te gusten demasiado –o nada- aunque mucho me gustaría que supieras que las realizo o digo porque me interesa tu bienestar únicamente. Por eso lo hago y no por otra cosa.
El Ser Supremo nos ha dado la bendición de tener maravillosos hijos en todos sentidos, en los que hemos volcado toda la confianza posible. No concebimos una vida sin confiar en ellos, y que ellos confíen en nosotros.
¿Ponerme en tu lugar? Es necesario, y tienes razón, aunque también me gustaría decir: “ponte en mi lugar” para que supieras por qué hago las cosas.
Cierto: no es nada fácil, porque se aduce que a tu edad te falta camino por recorrer, mismo que, de darme tú la oportunidad, quisiera andar contigo, para apoyarte cuando lo necesites, levantarte cuando caigas, sin estorbar tu desarrollo personal.
Te amo, porque eres parte de mi existencia, y eso creo que lo puedes entender hoy y siempre. Y lo que hago, tesoro de mi vida, lo hago porque quiero lo mejor para ti.
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