Hemos comentado ya en ocasiones anteriores sobre el tema, sin embargo, hay que tenerlo en la agenda, porque es algo que tarde o temprano tendrá una repercusión social: los microbuses, peseras o como les guste llamar, pero finalmente son esos armatostes viejos, desvencijados que, en un importante porcentaje, conduce un individuo carente de sentido común, capacidad y educación.
Las peseras tienen que cambiar tarde o temprano, y eso lo tenemos que atender firmemente y a la brevedad, porque no nos va a quedar de otra: o nos modernizamos o nos lleva el payaso.
Las autoridades del gobierno del estado, a través de los canales correspondientes establecidos para procurar el control de este fenómeno que afecta – o beneficia en su caso- a miles de tamaulipecos que utilizan el servicio para trasladarse a sus centros de trabajo o educativos. Son necesarias, muy importantes en el contexto social, y hay que tratar el tema como se debe.
Cuando Alejandro Flores Camargo y otros “líderes” comenzaron con el movimiento, allá por los ochentas, cuando el doctor Emilio Martínez Manautou era gobernador del estado, muchos pensamos que estaban locos, que no era por ahí la propuesta, ya que se trataba de dar servicio en camionetas más viejas que nada, de contrabando, que habían ingresado, obviamente, en forma ilegal a nuestro estado, pero que no cumplían siquiera con el mínimo de garantías.
Eran los principios de este movimiento que siguió con la intervención de la CTM y su sindicato para dar forma a grupos de gente que se enriqueció con las concesiones y demás; otros, sin embargo, siguieron igual pero con ”muebles” en mejores condiciones.
Se les olvidó que se tienen que cuidar, el mantenimiento fue nulo.
Ante esa realidad, vemos hoy en día las peseras –o micros- por la ciudad, pasando señales a diestra y siniestra, con exceso de velocidad nunca castigado –o sea, solapado- por la autoridad correspondiente, y que de una manera u otra invaden todos los carriles de todas las calles, en una actitud egoísta e irresponsable, poniendo en riesgo la integridad física de sus pasajeros, pero también de otros tamaulipecos.
Eso es lo que tenemos hoy en día y hay que cambiar a como de lugar.
La modernización implica inversión, y no nos parece la mejor forma de hacerlo el que se quiera que la autoridad subsidie, porque finalmente, hay dinero de por medio que no ingresa a las arcas gubernamentales, o sea: es un negocio privado y quien se beneficia tiene que invertir. De otra forma no es congruente.
Todos los mexicanos quisiéramos tener un negocio que nos permita comer y vestir dignamente, y eso implica invertir, y si no, habrá que comentar con los comerciantes e industriales.
Los concesionarios quieren que se les den créditos blandos porque la inversión es fuerte, sin embargo, cuando aquellos créditos se otorgaron, se “sentaron” literalmente en ese dinero y lo dejaron que se secara que la planta se secara no diera frutos.
Años de ganancias sin hacer un fondo para la renovación es la realidad que vivieron estos personajes que, hoy en día, quieren nuevamente que “ papá gobierno” les de para su negocio.
El ejemplo lo tenemos en Europa y otros países: el transporte es de primera calidad, y en muchas ocasiones lo maneja la autoridad, es decir, está desprendido de intereses privados, ofreciendo un servicio de primera calidad.
El mensaje para quienes tienen concesiones y quienes viven de ellas, maltratando ferozmente su fuente laboral: si no pueden, que se quiten y dejen el lugar o a la autoridad o a quien quiera ofrecernos algo digno de la gente, que no es pedir mucho, sino seguridad, comodidad y calidad en el servicio que nos puedan proporcionar.
Es hora de ponerse las pilas, pero autoridades, concesionarios, usuarios y, sobre todo, choferes de las mal llamadas peseras.
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Micros: tarde o temprano
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