“Profesor, estoy en shock”, dijo la alumna, cuando se refirió a su situación actual: le daban el diagnóstico de los análisis donde se confirmaba el embarazo incipiente… pero embarazo no deseado precisamente.
Este fenómeno se está multiplicando en las escuelas secundarias, preparatorias y obviamente, de educación superior, donde las chicas con su linda y maternal figura comienzan a ser parte de la rutina: las jovencitas que están embarazadas son pan de todos los días.
Hay que ver lo que piensan los padres cuando su hija les da la noticia, y la actitud de los muchachos que tuvieron “a bien” no tomar las precauciones necesarias, dejándose llevar por la pasión y la irresponsabilidad, para muchos, propia de la juventud, y para otros –entre ellos, nosotros- propia de una falta de orientación, y que se convertirán en fecha próxima en padres.
Sin empleo, sin concluir su educación, sin formación ni otra cosa que pueda ayudar, los jóvenes se convierten en padres a fuerza, y aunque los hijos los ven con cariño, los esperan, es más por convencimiento ante tal situación que por otra razón.
El fenómeno ha tomado dimensiones alarmantes: las niñas de nuestra ciudad están teniendo vida sexual incipiente, en una etapa en que para la mayoría no deberían hacerlo, sin embargo, los padres no hacemos nada al respecto, preferimos hacer como los avestruces: esconder la cabeza ante tan cruda realidad.
¿Se ha preguntado usted si sus hijas tienen pareja y tienen riesgo de embarazo? Muchas personas podrían incomodarse u ofenderse, pero no podemos dejar de abrir los ojos ante una realidad que, según las estadísticas de la Secretaría de Salud, siguen en aumento.
No, la autoridad no tiene la culpa: la culpa es de cada uno de los que tenemos la responsabilidad de orientar tanto a ellas como a los jóvenes que las embarazan: la responsabilidad en ellos debe ser parte de la formación familiar que los padres estamos orillados y obligados, por el amor incondicional que les teneos, a otorgar sin medida y con todo el apoyo del mundo.
Un gran investigador en temas de salud propuso que en las preparatorias se instalaran máquinas expendedoras de preservativos para evitar, por una parte, los embarazos no deseados, y por otra, las enfermedades de transmisión sexual –ETC- que van desde una molesta infección hasta el temible y mortal SIDA.
Es tiempo que, como padres, no cerremos los ojos ante la apertura sexual que se vive en todos lados: las redes sociales por Internet, las escuelas, los grupos de amigos y amigas, o inclusive, en algunos casos, la misma familia. No podemos cerrar los ojos ante esta realidad que puede llevarnos a ampliar el número de integrantes de la familia.
Como padres de las niñas y los niños, de las y los jóvenes, tenemos la obligación de ayudarlos a crecer, a frenar sus impulsos juveniles que les llevan a tener vida sexual en etapas primarias. No es para ser espantados, pero tampoco para ser permisivos, porque lo único que logramos al ocultar tal información es que haya hijos no deseados.
En una escuela preparatoria de la ciudad hay más de 50 casos registrados de niñas embarazadas, y en una unidad académica vemos en los pasillos, cafeterías y salones a lindas y tiernas jovencitas… con su pancita incipiente que muestra la espera de un nuevo ser.
¿Es eso lo que queremos? ¿Casarlos a fuerza para que se hagan cargo de esa obligación? Suponeos que sería lo ideal, sin embargo, somos de la idea de que, ante la amenaza de que llegue ese día, podemos prevenir.
Dedicar un poco de tiempo a los hijos: el suficiente para que tengan una buena orientación en cuanto a la sexualidad y las relaciones con sus novios y novias será fundamental. Depende de cada uno de nosotros si queremos verlos felizmente casados cuando les toque… o amargamente convertidos en padres de familia a… fuerza.
La decisión no es de ellos, es compartida con nosotros, sus padres. No echemos la culpa a las autoridades, seamos justos y enfrentemos nuestra función en la sociedad, por favor.
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