Cd, Victoria, Tamaulipas.-Según datos del Instituto Nacional de Migración en México, sólo entre enero y febrero del año 2013 han sido repatriados 2,896 menores de edad de los Estados Unidos, todos ellos mexicanos, de los cuales 2,552 eran niños y 344 niñas, representando los primeros un 80% y las segundas un 20%, informa el doctor Oscar Misael Hernández, del Colegio de la Frontera Norte-Matamoros
Sustenta que en el caso de los menores también viven una forma de violencia latente al iniciar el viaje migratorio. Aunque la mayoría de ellos, al menos los que pasan por la frontera de Tamaulipas, van acompañados de familiares, parientes o amigos, en muchos casos también son guiados por los denominados “coyotes”, actores que han hecho de la migración un negocio.
La violencia que viven los menores con ellos tiene que ver con un encierro literal y simbólico de sus cuerpos en casas o bodegas ubicadas en ciudades de la frontera, donde los menores, al igual que los adultos, tienen que esperar, a veces por días, para poder cruzar el río Bravo. Durante su encierro, algunas reglas como no mirar por la ventana, hablar lo menos posible y no usar el teléfono, constituyen formas de agresión contra su persona que fomentan la desesperación y el miedo.
Otras formas de violencia las viven al cruzar el río Bravo en sí, donde es claro el riesgo natural al que se exponen y son expuestos, pero también a un riesgo social ante las posibilidades de ser asaltados, secuestrados o extorsionados, incluso morir en el trayecto. Incluso, estas formas de violencia se despliegan al cruzar el río, pues posteriormente son de nuevo ingresados en casas o bodegas, o bien tienen que caminar durante muchas horas, por la noche, para llegar a un punto definido.
Finalmente, los menores vive otras formas de violencia al ser detenidos por la Patrulla Fronteriza de los Estados Unidos, pero también al iniciar el proceso de repatriación: el hecho de ser, algunas veces, aventados a las camionetas de las autoridades migratorias, o bien separados de sus familiares, e incluso entregados por ciudades distantes, implican agresiones hacia su cuerpo, mente y alma.
Señala que sin duda la violencia está presente en el viaje migratorio, en especial la viven aquellos o aquellas que intentan cruzar la frontera de manera indocumentada, los adultos pero en especial los menores de edad. Sin embargo, la pregunta que debemos hacernos qué hacemos como sociedad civil para minimizar esta violencia o cómo apoyamos a nuestros migrantes.
Agrega que a final de cuentas, el sacerdote Alejandro Solalinde quien recientemente estivo en Matamoros tiene razón cuando dice que sólo al volver a ver a los migrantes como seres humanos, podremos darnos cuenta de lo poco que hemos hecho por ellos.