Nuevo Laredo, Tamaulipas.- Douglas Fernando Celaya Mejía es un hondureño de 15 años de edad, pero desde los 4 años su vida fue marcada por el asesinato de su padre y el abandono de su madre, y desde entonces tuvo que trabajar para sobrevivir, por lo que abandonó la escuela, su familia y su país.
Ese episodio le marcó en la mente la idea de salir de Honduras para buscar en Estados Unidos lo que nunca lograría en una comunidad marginal de la provincia de Comayagua, la segunda más grande ese país, con cerca de 400 mil habitantes.
“A mi padre lo mató un hermano de mi mamá porque la engañaba y porque era mujeriego, pero metieron a la cárcel a mi tío y mi mamá nos abandonó cuando tenía cuatro años”, explica con poca emoción en sus palabras.
El uno de febrero de este año, luego de pensarlo bien y de juntar algo de dinero para el viaje, trabajando en labores agrícolas, decidió dejar la casa de su abuela en donde tres hermanos mayores que él y uno menor, aún viven pero sin pensar emigrar a otro país, tal y como lo hizo Douglas.
“Me salí porque no hay trabajo y porque estudiar es muy complicado. Además, los maestros no enseñan nada, y aunque yo quiero aprender a hablar inglés, ellos no lo enseñan”, explica convencido de llegar a Nueva Orleans, ciudad norteamericana donde según dijo, habitan muchos catrachos como él les llama a sus paisanos.
Rostro de niño y mirada de adulto
De rostro inexpresivo y cuerpo muy delgado, este espigado adolescente luce sucio, tal vez porque desde hace varios días que no se cambia de ropa ni se asea. Así lo reflejan una camiseta de color azul sin mangas, y un maltratado pantalón de mezclilla del mismo color que se confunde con el polvo del piso donde está sentado.
Sus manos sucias no lucen como las de un niño de su edad. Están callosas de tanto trabajar la tierra, y tan ásperas como las de un adulto, pero en su mirada se confunden los sueños de un niño y los proyectos de un adulto.
Ante las preguntas del reportero, levanta el rostro y con mirada penetrante dice que un amigo que iba a la montaña a cortar café para la venta, le animó a dejar Honduras y buscar en Estados Unidos el sueño que 10 de sus amigos de Comayagua ya disfrutan.
“Un amigo me dijo como era el camino, y que a veces era peligroso porque los delincuentes secuestran a los extranjeros y piden dinero a las familias, y si no mandan los matan, y eso me dio miedo. Pero aun así decidí salir de Honduras”, explica sin bajar la mirada que sale de su rostro aún infantil.
Dice que es buen nadador y que surcará solo las peligrosas aguas del río Bravo, el que este año ya cobró la vida de 16 personas, algunos centroamericanos.
En el barrio donde vivía en Comayagua, la mayoría de las familias son muy pobres, a pesar de vivir en el área urbana y de ser una de las ciudades más coloniales de Honduras y de las más visitadas por el turista extranjero, por su gran cantidad de monumentos y de atractivos naturales, ya que en el dilecto nativo quiere decir ‘Páramo de abundante agua’.
“Me voy a animar porque Dios sigue conmigo. Me animé y aquí estoy”, menciona con la cabeza agachada y sus manos jugando nerviosas con el piso terroso de la estación de bomberos, hasta donde lo dejó uno de los empleados de la corporación que lo encontró vagando por calles cercanas.
El viaje
Desde que salió de Honduras, luego de viajar solo casi dos mil kilómetros durante 75 días, Douglas llegó a la frontera con Estados Unidos. Antes llegó a Chiapas luego de dos días de viaje, en donde cruzó por el río Suchiate, como lo hace la mayoría de los centroamericanos sin papeles.
Pero el dinero se le acabó en Guatemala, por lo que solicitó ayuda a los lugareños, que le dieron alimento y agua, hasta que una semana después llegó a Palenque donde abordó la ‘Bestia’ o tren carguero que sirve de vehículo para miles de centroamericanos que como él, buscan una mejor vida fuera de sus países de origen.
De allí viajó hasta Coatzacoalcos, Veracruz, en un viaje de 24 horas, y otras 24 tardó en llegar a Orizaba sin problemas, pese al temor de ser asaltados o secuestrados por los delincuentes, en el peor de los casos, ya que menciona que policías también abusan de ellos.
Luego llegó a Tierra Blanca, Veracruz, sin problemas, hasta arribar a Lechería, en el Estado de México y lugar de descanso obligado pata ellos, por ser un lugar de trasbordo a otro carguero que llegue hasta la frontera, no importa cual.
Por varias horas caminó hasta Huehuetoca porque no había tren, y así pasaron muchos días, “y a veces charoleaba dinero para comer”, explica.
De ese lugar llegó a Celaya, Guanajuato, San Luis Potosí, Monterrey, hasta que el martes 16 de abril llegó a la Estación Sánchez, en esta frontera, ubicada unos 15 kilómetros al sur de la ciudad, hasta donde caminó por las vías del ferrocarril.
Fueron tres meses los que tardó en llegar desde Comayagua hasta Nuevo Laredo, a veces en camión, otras caminando, pero la mayoría a bordo del tren carguero, vehículo tal vital para los centroamericanos, como el agua misma.
Douglas es uno de los 45 menores de edad que este año han llegado a esta ciudad en busca del sueño americano en Estados Unidos, de un total de casi 9 mil que este año han llegado a Nuevo Laredo deportados del vecino país.
La Casa del Migrante ‘Nazareth’ reporta que el año pasado se atendió a cerca de 10 mil personas, el 70% mexicano y el resto de Centroamérica, quienes dejaron sus países expulsados por la pobreza y la falta de trabajo.


