Día Mundial del libro

En su obra titulada “Defensa apasionada del idioma español”, el escritor Alex Grijelmo hace una serie de señalamientos interesantes respecto a lo que hemos hecho con nuestra lengua: la hemos destrozado, poco a poco, permitiendo hoy en día que la mayoría de jóvenes empleen mayúsculas y minúsculas indistintamente, signos gramaticales, comillas y demás sin la menor idea de para qué son.
El idioma español es riquísimo: tiene una serie de variantes que, en ocasiones, el empleo inadecuado de un acento cambia totalmente el sentido de la palabra o la frase. Somos privilegiados al hablar la llamada “lengua de Cervantes”, pero por otra parte, demasiado irresponsables para permitir que lo destroce quien viene detrás de nosotros, es decir: nuestros hijos, la juventud, los que sienten que hablar o escribir inadecuadamente es muy de moda o que les otorgará un estatus social que no les pertenece.
Nada ni nadie cambiará el estatus social de la gente por su forma de hablar; los términos “we” o “pex” resultan ofensivos para quien sabe hablar y escribir nuestra lengua.
Es ridículo escuchar en una persona de más de cuarenta años de edad, o de cualquiera que lo haga, la expresión “we” que no dice nada. Antes, se estilaba hablar por el nombre a cada quien, para luego sustituir los muchos nombres por el “güey” de muchos años; hoy en día, la pereza intelectual nos lleva a utilizar únicamente dos letras: “we”, que, por cierto, no significa nada.
Alex Grijelmo habla de los comunicadores de medios electrónicos y su enorme facilidad para destrozar el idioma, en una absurda competencia por ver quien comete más yerros.
Así vemos en la televisión local a locutores que no tienen idea de lo que es el bien hablar, o en la radio, a otros que, sintiéndose figuras, galanes o gente de otra ralea, en tono castigador y prepotente se auto-elogian a cada momento, pensando que la gente está locamente enamorada de ellos… y también de ellas.
Nada más absurdo que pensar que tienen un estatus distinto, cuando no tienen idea de cual es la diferencia entre “hay” y “ahí”, o entre “a” y “ha”, plasmándolo en sus textos periodísticos que llegan a cientos de personas. Algunos, más optimistas consideran que llega a miles, pero la verdad, a poca gente le importa leer barbaridades del lenguaje, incongruencias y faltas a la buena redacción y ortografía.
El día mundial del libro, este martes 23 de abril nos ofrece la oportunidad de pensar al menos que pudiéramos leer algo útil, algo que nos lleve a incrementar nuestro nivel cultural.
Las estadísticas no mienten: se habla de que los mexicanos leemos en promedio dos libros por año en el mejor de los casos. Pobre resulta si nos comparamos con otras naciones, aunque somos de la idea de que las comparaciones son totalmente absurdas: no nos interesa que en Estados Unidos o Gran Bretaña lean más que nosotros: nos preocupa que nuestros muchachos tengan cultura suficiente para pensar diferente, para que se nos quite un poco lo ignorantes, lo poco lógicos e incongruentes que nos escuchamos cuando estamos frente a gente que conoce un poco más que un Libro Vaquero o que ha visto algo más que la más nueva –y más absurda y torpe- telenovela de la cadena que se ha encargado de idiotizar a las masas, junto con su supuesta competencia.
Es hora de pensar en leer algunas líneas que no sean chismes de revistas de pseudo-periodistas que se empeñan en llamar noticia a invadir la privacidad de los famosos, o que viven vigilando a la pobre actriz Lohan, a quien han destrozado gracias a su estúpida costumbre de jorobar la privacidad que todos merecemos.
Eso es lo que nos ha dejado la modernidad, el abuso de las redes sociales por Internet: escritura solapada por un cobarde anonimato, palabrería inútil y mal empleada.
¿Y los padres? ¿Y los maestros? ¿dónde quedaron? ¿Quién está a cargo de la educación y formación de los mexicanos?
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