¿Cuándo aprenderemos la lección?

Somos, por naturaleza, muy dados a culpar a los demás, justificar nuestros errores, resaltar los de los demás y criticar sin fundamento. Los seres humanos constituimos una especie difícil de comprender, a grado tal que estamos destrozando el planeta en que vivimos y no entendemos que dentro de muy poco tiempo estaremos más que mal, y probablemente no tengamos consecuencias o no las vivamos pero, ¿y nuestros hijos?
Sucede a diario en todos los ámbitos, y eso nos debería de preocupar enormemente, sin embargo, pareciera que tenemos garantizado el bienestar, la salud y otros beneficios. Nada está asegurado si no luchamos por él, inclusive, la salud física, espiritual o de cualquier índole: tenemos que buscar lo que nos conviene para aplicarlo a la vida diaria.
Y en ese sentido, cobra vigencia la alerta de la Secretaría de Salud en el sentido de incrementar las medidas de prevención ante los peligros del nuevo milenio: diabetes mellitus e hipertensión, que se constituye, junto con la peligrosa, torpe y grotesca obesidad, en los principales factores de pérdida de la salud.
Quien padece obesidad o sobrepeso, no es que se vea bien o mal: finalmente, hay de gustos a gustos. Ya ve el lector que Botero se hizo famoso pintando gente de dimensiones mayúsculas. El problema es que el sobrepeso y la obesidad van de la mano con las complicaciones de la salud, principalmente las que señalamos: hipertensión y diabetes.
De ésta última, podemos decir que según el Instituto Nacional de Salud Pública –INSP-, en nuestro país creció en los últimos seis años el número de afectados: de 6.4 pasamos a 13 millones de mexicanos con diabetes, lo que duplica la enfermedad, riesgos, padecimiento, gasto y defunciones por consecuencia.
Si antes morían 35 o 40 mil personas por causa de la diabetes en los últimos años se han registrado 70 mil defunciones que tienen como causa principal la diabetes; los resultados preliminares del estudio fueron presentados ante la ADA –American Diabetes Association- que es el máximo foro científico que se encarga de ver este tipo de casos.
Lo grave es que, de los poco más de 13 millones de mexicanos que vivimos con diabetes, el 85 por ciento no lleva tratamiento adecuado o no tiene controlo de su enfermedad, y obviamente, los riesgos son mayúsculos.
Las complicaciones crónicas –daños en la visión, riñones, circulación y corazón- son cotidianas, y esto cuesta al Estado mexicano un promedio de 3 mil 800 millones de pesos cada año, cifra estratosférica que se podría emplear en otro tipo de campañas y no en curar a quien no se cuida y a quien no le interesa hacerlo.
El asunto es grave, muy grave, pero si no tomamos conciencia de ello, seguiremos viendo en las escuelas de nuestros hijos a sus compañeros y compañeras “gorditos”, simpáticos, amables, pero llenos de riesgos a su salud.
Si no apostamos por una buena salud e higiene, nuestro panorama futuro no será nada halagador.
Morir 13 de cada 100 mexicanos por diabetes no es chiste, es una terrible realidad, y algo hay que hacer.
Dejemos de culpar a la autoridad que no puede frenar esta pandemia, y tomemos responsabilidad de nuestra función y estado actual. Nadie podrá garantizar que comamos bien si no lo hacemos nosotros; igual, nadie podrá garantizar que hay buen plan de ejercicio si no lo llevamos a cabo nosotros mismos.
Es hora -aunque desde hace años debió presentarse- de ubicarnos en nuestra realidad, ver por nuestro bienestar, y coadyuvar en las medidas de prevención y contr4ol.
Reiteramos: 70 mil muertos al año y 3 mil 800 millones anuales se presentan en las duras y frías estadísticas.
¿Eso queremos para nuestros hijos?