Llamó mucho la atención el hecho de que la Procuraduría Federal del Consumidor colocara sellos en los hoteles de gran lujo del Distrito Federal, y anuncie que los miembros de esa industria pero de la ciudad de Matamoros están “bajo la lupa”.
Se acordaron que su misión es orientar y evitar abusos; curiosamente, fue hasta el período vacacional donde presumiblemente actuaron, haciendo un tremendo ruido mediático que acabó en prácticamente nada.
El hecho de multar porque algunos no especifican qué tiene un platillo o cuánto es de Impuesto al Valor Agregado no habla sino del perfecto desconocimiento que tienen los servidores públicos, cuyos alcances no llegan a sentar siquiera una mínima parte de lo que los ciudadanos padecemos.
Ellos, los funcionarios, no tienen idea de cuánto se paga en un hotel porque todo lo manejan con viáticos y vales de las dependencias; otros, por el contrario, quieren saber cuánto pagarán de sus hospedajes, y esto ha llevado a muchos prestadores de servicio a manejar precios “redondos”, es decir, que a los consumidores nos preocupa saber cuánto vamos a pagar y punto.
El ejemplo más claro es cuando compramos un billete aéreo y que tiene impuesto sobre impuesto: marea saber que hay que pagar IVA, IETU, DUA y demás cargas tributarias. Nosotros siempre pedimos a nuestro amigo Jesús Hawach Charur que nos diga UNICAMENTE cuánto hay que pagar.
No nos preocupa uno y otro impuesto: somos más sencillos los ciudadanos.
Y de repente, los amigos de PROFECO consideran que hay que especificar hasta cuántas servilletas incluye qué cosa.
Resultan más papistas que el Papa, como dicen algunos.
No es la forma de controlar: hay que exigir a las Cámaras de la industria hotelera, restaurantera, de comercio y prestadores de servicios así como de la industria de la transformación que tengan precios justos, que no engañen a la gente, que sean congruentes y que respeten las ofertas o los precios que se establecen desde un principio.
En otras palabras: pedimos los consumidores de cualquier cosa que se quiten las famosas “letras chiquitas” que no son más que un fraude para todos.
Y los “profecos” salen a la calle para promocionarse ante la opinión pública, cuando en todo el año no son capaces de arreglar una diferencia que tenemos por precio, servicios u otra cosa.
Nos hacen ir varias veces a poner la queja, al citatorio uno, dos tres y demás, para luego, dar la razón a quienes no la tienen en una presumible audiencia que muchas veces permiten se lleve a cabo a distancia, pero solo para los prestadores de servicios.
Si usted no alcanza a llegar a la misma, pierde todo derecho de queja, pero si ellos no llegan, se les llama y conmina a un arreglo.
Recordamos aquel caso contra Telcel en el que no supieron dar respuesta positiva a la queja que nos costó mucho dinero: solucionaron a favor de los grandes monopolios.
Y ahora anuncian que estarán vigilando escrupulosamente a los hoteles de Matamoros. Seguramente, luego irán por Reynosa y Nuevo Laredo, Tampico y Madero, para ocupar un buen sitio en la información de los medios.
Pasadas las vacaciones, Profeco será lo mismo de siempre: el elefante blanco que da de comer a miles de trabajadores que no hacen su trabajo, no revisan y permiten todo tipo de irregularidades.
Más que vigilar a los hoteles de la frontera, debieran ponerse a trabajar todo el año, porque es molesto, como mexicanos, ver que hay dependencias que ni la más remota idea tienen de lo que es cumplir con su deber.
Los hoteleros están molestos y con justa razón: les gustó la industria de referencia para justificar su ineficiencia.
¿Y las otras que realmente perjudican al consumidor… qué?