Hay cosas que de plano no se entienden: no es que la gente quiera ser objeto de discriminación ni que pensemos que se puede hacer menos a otros, pero consideramos que los reglamentos y leyes deben ser respetadas, a pesar de que algunos piensen que están hechos para perjudicarlos, cosa totalmente incierta.
Llama poderosamente la atención la serie de protestas que se llevan a cabo en la ciudad de México en el autodenominado “movimiento de rechazados”, que no es más que un grupo de gente que no tiene la capacidad o adiestramiento necesarios para acceder a la educación superior.
Entendamos: hay deficiencias en el sistema educativo desde la primaria, y las vemos reflejadas en los profesionistas, en las universidades, a donde nos llega gente que no tiene idea de cómo escribir correctamente. ¡Ya no pida usted que sepan investigar, sino siquiera escribir sin faltas de ortografía al menos dos renglones!
Es la realidad: estamos mal preparados institucionalmente, y hay gente valiosa porque tiene el apoyo de esos excepcionales maestros y de sus padres o familiares que están pendientes de ellos, aunado a su capacidad personal.
Sin embargo, hoy se pide que haya más lugares para los rechazados. Habrá que preguntarse por qué los rechazaron: si es por falta de lugares o por falta de aplicación en el examen selectivo de admisión, cuya finalidad es, precisamente, filtrar a los que tienen las habilidades probadas para el estudio superior.
Quienes no lo tienen, no son menos, pero deberían buscar otras opciones para desarrollarse profesionalmente, lo que implica que tendríamos buenos obreros, operarios, profesionistas, abogados, carpinteros y demás.
No todos nacimos para ser investigadores o genios, habilidosos con las manos o con los pies: hay gente que no sabe estructurar un proyecto pero es exageradamente hábil con sus manos o en la conformación de otras cosas o ideas.
No somos de la idea que deba ampliarse la matrícula, ni de que forzosamente se tenga que aceptar a todos los que no estudiaron adecuadamente en su tiempo, y hoy reclaman un sitio donde no tienen cabida por su falta de aplicación o capacidad demostrada.
Si así fuera, pediríamos al secretario de educación, a los diputados y quienes hacen leyes y demás que quiten de todas las escuelas los exámenes de admisión y que entre todo mundo.
¿Para qué hacer examen de admisión si un grupo de revoltosos, flojos e inconformes exigirán su sitio por sobre todas las cosas?
¿Cuál es el mérito de quien estudió y aprobó el examen de admisión entonces?
Si permitimos –como suele suceder- que la gente brinque las leyes y haga lo que quiera, estaremos fomentando un Estado sin derecho, un Estado que se doblega ante las peticiones incongruentes y congruentes, ante los plantones y marchas, ante cualquier muestra de manifestación pública, sin importar si afecta a terceros.
Somos de la idea de que debemos preparar a nuestros hijos, de que, en conjunto con los profesores correspondientes se les facilite la educación, pero si los hijos no son precisamente un dechado de virtudes académicas, entendamos que no pueden cursar la Universidad, porque al permitirlo estaremos creando a desempleados, a profesionistas mediocres y faltos de preparación, y México requiere hoy en día otro perfil de egresados.
Es la hora de hacer bien las cosas, de no permitir que la gente se salga con la suya solamente porque sí, sino que, exigiendo derechos, cumplamos con nuestras obligaciones de cualquier tipo.
No somos precisamente los indicados para violar alguna ley u ordenamiento y luego exigir que nos traten como si hubiéramos cumplido con todo.
Debemos coadyuvar en el cumplimiento de la ley, pro sobre todas las cosas.