Cuando se estudia medicina se recuerda a aquel gran ser humano: Hipócrates. Su juramento habla de la filosofía que debieran tener quienes abrazan esta delicada profesión en la que se despojan de una vida personal para consagrarse a la salud de los demás.
No todos piensan igual, porque pareciera que Hipócrates ha quedado en el olvido.
Los días anteriores al de esta mañana, llenos de angustia, desencuentros y desilusiones nos han ubicado en una dura y difícil realidad: los nóveles estudiantes de medicina buscan prestigio, dinero y nada más: han olvidado en mucho aquel sentido humano que retrataban los filmes antiguos, cuando el médico del pueblecito acudía a la medianoche con su maletín de piel y el deseo de encontrar la salud de los que padecían cualquier problema en su organismo.
Nada fácil ha sido enfrentar la falta de humanismo de aquella mujer obesa, con cara y gestos amargos y el sentimiento de que sabe todo en la vida de los demás. Su actitud infrahumana y su soberbia chocaron con el miedo y la angustia de quien, en cama, esperaba una respuesta adecuada a su problema de salud. La diabetes y la complicación en la pierna hicieron pensar inclusive en una amputación, pero esa persona se encargó de hacerlo más difícil.
Paredes ausentes de calor humano, frías como el color de las batas o las cofias inundan el ambiente. Ahí, el dolor es cosa secundaria: no importa a quién le moleste qué, sino a qué hora será la cena o la reunión en el cuarto de residentes o internos: solo eso.
Los médicos brillan por su ausencia: recorren las camas una vez al día acompañados de sus alumnos, y a los pacientes nos ven como curiosidades, como experimentos. Alguien reza el diagnóstico escuchado dos o tres veces al día… pero nadie hace nada por paliar el dolor.
Esa es la realidad hospitalaria en nuestro entorno.
Existen seres humanos maravillosos que Dios ha puesto en la vida de los demás: aún recuerdo, querido Ayax, aquel día en que, temeroso llegué al Hospital Militar de la ciudad de México y me diagnosticaste apendicitis, y ya en el quirófano, ante las frías luces y el ambiente de tensión y angustia, tomaste tu mano derecha y acariciaste mi frente para yo, en ese momento, cerrar los ojos y dormir tranquilo: estaba frente al mejor médico del mundo, y el resultado lo refrendó.
Una vez te dije que probablemente la vida no nos dio la oportunidad de vivir más tiempo juntos, mi querido y amado tío, mi amigo; tu calidad profesional te llevó al sitio que hoy disfrutas. El médico que has sido y ha ejercido durante tantos años ha sido la reiteración del juramento de Hipócrates en toda le extensión de la palabra, lo sé, lo he vivido.
Aquella ocasión la recuerdo como si hubiera sido ayer.
Luego, con mamá, siempre has tenido las palabras y la presencia para darnos la tranquilidad que necesitamos. Somos en mucho lo que somos gracias a ti.
En esta crisis que he vivido, con once lustros de existencia y cuatro de ellos con diabetes, temeroso de las complicaciones, me enfrenté a un sistema sanitario frío, difícil, inhumano.
Ya en casa, los temores crecieron en forma sustancial cuando vi que mi pierna no mejoraba, que el color amoratado seguía invadiendo mis dolores y temores, cuando seguía sin poder tener un apoyo firme que, gracias a ti, comienza a presentarse.
Llamar a uno y otro doctor y encontrar vacíos por ser día de descanso o por otras razones hicieron crecer mis temores, hasta que apareció, de nueva cuenta, ella.
He recurrido a esa maravillosa niña-mujer que Dios te entregó en custodia, hoy convertida en un ángel para nosotros: Mary Carmen.
Las distancias, querido tío, no existen cuando el amor y el afecto están presentes.
Lejos, muy lejos de casa, en tus vacaciones, dejaste no sé qué asuntos y me regalaste lo que necesita cualquier paciente, más, quien se encuentra en una enorme crisis y depresión.
Independientemente de un tratamiento que sigo, tus palabras han entrado en el torrente de mi organismo para ayudar a sanarlo. Eres, quizá, tío querido, un poco brujo, porque con solo tus palabras sanas.
A partir de tu llamada mi organismo comenzó a ceder en la infección y todo lo que me angustió durante mucho tiempo.
Gracias, Ayax, amigo, tío, pariente, sangre de mi sangre. No tengo forma de decir a Dios que cuando decidiste estudiar medicina tuvo en ti al mejor ejemplo de profesionalismo, humanismo y amor al prójimo, demostrado probablemente en miles y miles de pacientes que la vida puso en tus manos, esas manos maravillosas y curativas que, unidas a tu conocimiento magistral y tu enorme corazón han permitido que volvamos a reír prácticamente todos.
El escuchar tu voz decir: “qué tienes, cuate” fue el inicio de una verdadera curación.
Te agradezco en el alma, Ayax, por ser parte de mi sangre, por ser el médico que el mundo necesita, por ser el enorme y valioso ser humano que nos regala con unas cuantas palabras la sanación.
He de hacerlo personalmente, pero hoy quise que lo supieras: estoy agradecido con la vida por haber puesto en nuestro camino al hombre que eres.
Por eso, tus hijos son lo que son: fruto de dos seres con una inacabable calidad humana.
Gracias, mi querido tío, por tu curación, la mejor de todas.
Desde lo más hondo de mi corazón, como siempre, agradecido por tenerte cerca cuando te he necesitado.