Cuando la batalla se pierde se siente uno vacío, sin fuerza y como que se diluye la tenue luz que se alcanzó a visualizar al final del túnel.
Las palabras se ahogan, brotan las lágrimas y luego empieza a asomar su rostro la resignación que hace tomar conciencia de que ella ya no despertó, de que ella ya no está aquí.
Tal vez fue mejor así, tal vez Dios la atrapó entre sus manos para rescatarla de tan cruel y prolongada agonía que nos puso a prueba, que nos midió y que nos demostró que la vida es tan frágil como un hilo, por eso se debe gozar, saborear cada segundo que brinca la manecilla de un reloj.
Ella, vivió a su manera y cerró su ciclo con la dignidad que es propia de una mujer que lucho y, hasta eso, fue original hasta el último momento, porque falleció precisamente el día en que cumplió 62 años.
Por eso frente a su féretro sus nietas Jaqueline Marisol y Sofía apagaron las velitas de su pastel y, todos, juntos, le cantamos las mañanitas, como sucedía año tras año cuando las lisonjas en su honor, abundaron.
Creo que ella partió satisfecha, porque vio a su hijo Carlos Luis convertirse en un profesionista que empieza a dar la talla, quién ya asimiló que el tiempo se aprovecha, que no se desperdicia, porque Dios nos presto unos años para combatir, para experimentar, para consolidarnos como individuos y para, no renegar.
Y se fue contenta porque gozo del amor que de buena manera le regalaron su hermana Blanca Estela, sus sobrinos, entre ellos, Said Iván y Karina Lizbeth , sus cuñados Francisco Javier, Carmen y Elvia, sus nueras, sus primos que tanto recordó y toda su demás familia, que en Ciudad Victoria le abrieron la puerta de par en par para que compartiera la alegría y la tristeza que por fuerza van decorando el camino.
Palabras, no tengo suficientes, para agradecerle a esos guerreros de la salud del Hospital General que hicieron equipo con nosotros para luchar contra lo que se antojaba imposible y quienes dieron un ejemplo de lo que es la vocación y el servicio que le da valor a la profesión que bien seleccionaron para aliviar el dolor.
Al Secretario de Salud de Tamaulipas, Doctor Norberto Treviño García Manzo, mi agradecimiento y mi respeto por su disposición, por su solidaridad en estos momentos difíciles que compartió con mi familia y por sus suaves palabras, que siempre guardaré en un rincón de mi corazón.
Y al Director del nosocomio, Jorge Salinas Treviño, al contador, Felipe Quezada Ortiz, a Fernando González Garda, responsable de Atención Ciudadana de la SSA y a Salvador de la Garza, de la misma área, gracias a nombre de mi familia por su apoyo y su buen gesto.
A los médicos Luis E. Pariente Zorrilla, Mario Ojeda Perdomo, al neumólogo, Rogelio Ramírez y las enfermeras Alma, Irma Alejandra y a muchas otras del segundo y tercer piso que acompañaron a mi cuñada Rafaela Galindo Rivera, en esta penosa jornada, mi eterna gratitud por su comprensión y por su profesionalismo.
Y a la señora Juanita Monsiváis, -nuestra fiel combatiente compañera de lucha- gracias por su invaluable respaldo y por el cariño que nos profesa desde hace casi dos décadas de manera desinteresada, en las que ha estado a nuestro lado en las duras y en las maduras.
A los colaboradores del Gobernador de Tamaulipas, Egidio Torre Cantú, y a las compañeras maestras de mi esposa y a los amigos de mi sobrino, mi reconocimiento por su positiva actitud en estos momentos de pena.
Y al contador Jaime Salvador Amaro Castillo, un agradecimiento muy especial, porque su origen humilde le impide olvidar hoy que su lista de amigos es amplia y que la amistad es una palabra que se debe marcar con doble tinta.
Gracias a ustedes y a muchos otros más.