Sabemos de sobra que muchos “profesores” no tienen la mínima idea de qué es la reforma educativa y sus cosas buenas o malas. Sabemos de sobra que no tienen intención de aprender siquiera a escribir un “post” sin faltas de ortografía. Sabemos, también, que buscan hacer válidos todos sus derechos –días económicos, permisos, ausentismo para asuntos personales, comisiones sindicales y más- sin pensar en que los estudiantes tienen derecho a la educación laica y gratuita que garantiza la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos, y que ellos, los “profesores” les han negado a nuestros hijos.
Nos dicen que son sus derechos, sin embargo, durante años navegaron en un sistema permisivo que les ofreció de todo: holganza, trampa, fraudes y demás.
Muchos de ellos son producto de una plaza comprada ilegalmente o heredada de alguien que en su casa tuvo la idea de ser profesor, pensando que el talento y la vocación se heredan.
Sabemos, muchos los abemos, que un gran número de profesores no saben escribir y no saben explicar: hoy en día se las gastan mandando todo con copias fotostáticas para que el alumno no “pierda el tiempo escribiendo”, aunque a ciencia cierta, es porque no quieren ya dictar.
Los profesores perdieron su estatus social, cuando eran respetados y reconocidos como guías de una sociedad que tenía dos figuras importantes: el profesor y el cura del lugar. Hoy por hoy, ambos están devaluados socialmente por sus propios actos.
Los profesores de vocación entienden que hay que luchar y enseñar a los educandos a luchar, a no ser “agachones” ni dejarse pisotear por las injusticias de un sistema que a los miembros del Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación y la CNTE –un grupo de inconformes del sindicato oficial- les dio muchos privilegios.
Hemos visto profesores y directores –aquí mismo en Ciudad Victoria- que viven como reyes con 3 o 4 plazas, sin que justifiquen siquiera la asistencia a alguna. En ciertos casos, hasta primeras damas fueron sin saber lo que eran las aulas escolares, pero cobrando varios cheques, y dejando a jóvenes normalistas sin la oportunidad de abrirse paso, porque no había más plazas.
Las existentes estaban ocupadas por ellos, algunos de esos inconformes que hoy reniegan del sistema que les permitió nacer, crecer y desarrollarse en un ambiente sindical y laboral pleno de vicios.
Hoy que se quiere poner orden, se oponen totalmente. No quieren ser evaluados. ¿Cuál es el miedo a evaluarse? Será, seguramente, porque dudan de su capacidad profesional, porque de otra forma no se justifica su actitud.
Entendemos que no es la forma de hacerse escuchar la que han tomado: no afectando a miles que impotentes ven que sus horas se consumen en embotellamientos, con el temor de ser golpeados o insultados por grupos de miembros de estos sindicatos y grupos nada afines, pero que buscan estar ahí –SME, Antorchistas y más- para participar en el “desmadre” en que vivimos en varios puntos de la geografía nacional.
Tristemente, vemos que en Reynosa comienzan a levantarse. Seguramente no llenan con sus vacaciones y prebendas que no tienen otros trabajadores del país, y comenzarán a incomodar a los mexicanos que vivimos en el noreste.
Comenzarán con sus amenazas de tomar puentes y carreteras. Llegan a Tamaulipas.
¿Habrá capacidad para meterlos el orden?
¿Hasta cuando permitirá la autoridad que se violenten los derechos de la gran mayoría de los mexicanos?
Todos tenemos derechos y la libertad para hacerlos exigir, porque para eso son: para tenerlos, pero de ahí a que se lastime a una sociedad harta de problemas de faltas de observación a las leyes, hay una carretera de distancia.
No queremos más problemas: los tamaulipecos queremos vivir en paz, y que la autoridad resuelva lo que tiene que resolver sin necesidad de caer en actos que bien pueden llevar a la violencia… y el caos social.