El término que emplean algunos investigadores y que conocemos por “disonancia” que explica la Real Academia de la Lengua como “sonido desagradable, falta de la conformidad o proporción que naturalmente debe tener algo”, o también, palabras como “cognoscitivo”, y se define como “que es capaz de conocer”, nos envuelven en una serie de reflexiones interesantes, y probablemente expliquen por qué no entendemos los mensajes de quien debe hacerlos llegar a la sociedad.
Hablar claro, dijo Jacobo Zabludobsky en su tiempo, es la base para una buena comunicación, más cuando se trata de periodistas, comunicadores, locutores o esos conductores de noticias que hoy por hoy se preocupan más por el maquillaje que les pueda sentar y la forma en que retratan que en el contenido o forma de explicarnos las noticias.
Un conocido investigador avecindado en Victoria decía hace unos años que, siendo que INEGI sostenía que el nivel promedio de educación en el país es de 4 de primaria, él preparaba sus charlas científicas con la idea de que los pudiera entender gente de ese nivel de formación.
Así, volviendo con aquel famoso periodista de Televisa –Jacobo-, decía a Tere Vale en una entrevista donde le fue cuestionada su capacidad cultural: Tere le decía que por qué, si se sabía que era una persona muy culta, utilizaba un lenguaje tan corriente en sus noticiarios, a lo que contestó:
“Mire, señorita, si yo llego a casa y le digo a mi esposa: no me esperes a las doce horas, porque me dirigiré al nosocomio con objeto de visitar a un amigo cuya estima valoro, y que se encuentra delicado de salud”, seguramente ella me aventará la lámpara y dirá: “no seas payaso, dime que no vendrás a comer porque un amigo tuyo está en el hospital y lo irás a ver”. Así de claro es el uso del lenguaje.
Luego nos entra el enorme complejo de querer hablar diferente a los demás o presumir nuestros blasones académicos, cuando no tenemos idea de lo que hablamos y seguimos diciendo “algotras veces” o “fuistes”, en lugar de “algunas otras” y “fuiste”, sin la “s” final.
Cierto es que todos tenemos obligación de hablar bien y claro, pero los comunicadores nos hemos convertido en referentes, por ello es importante hablar claro y sencillo: el hospital es hospital y no es nosocomio, y el galeno no es más que el médico que nos atiende, por citar algunos ejemplos.
No quiere decir que dejemos a un lado el uso de lenguaje “rimbombante”, pero hemos de ubicarnos en la claridad que se necesita para logar la retroalimentación básica.
Alex Grijelmo habla en su obra “En defensa apasionada del idioma español” del cómo hemos destrozado nuestra lengua, conocida como la “lengua de Cervantes”, y comenta lo que vemos todos los días en Facebook con quienes suponen que es muy importante o “chic” el poner “kundo” en vez de “cuando”, o “lA Prmr Vs” en lugar de “la primera vez”. Nada más difícil de comprender, y además, salga esa gente del desengaño: no son más importantes ni más cultos ni mejores personas cuando cambian la “k” por la “c” o la “s”, o cuando se comen letras para que se vea más rara y más “singular” nuestra conversación.
Diría Grijelmo: “no destrocemos el lenguaje español que es tan maravilloso y variado; en ese sentido, tenemos el ejemplo del escritor español Fernando Sánchez Dragó, cuyos textos son buen pretexto para tomar un buen curso de lengua y literatura españolas, previo diccionario a la mano, porque encontraremos las palabras menos utilizadas y más difíciles, conocidas por unos como el “español culto”, que, a fuerza de ser sinceros, no nos parece tanto.
Somos probablemente incultos, pero pensamos que, en materia de lenguaje y comunicación, mientras más fácil, mejor, porque se entiende todo, o sea, como decían los del sur de América: “sencillito es mejor”.