Servir o servirse

Duele, lastima, molesta mucho el ir a realizar algún trámite a cierta dependencia de cualquier nivel -municipal, estatal o federal- y encontrar a verdaderos patanes detrás de las ventanillas.

Es común encontrar lo que algunos comediantes como Eugenio Derbez o algunos más se encargan de ridiculizar: gente impreparada, desagradable de actitudes y modos poco positivos nos reciben con una cara de “gendarme mal pagado” o de perro rabioso. En algunas oficinas se nota más por la naturaleza de las mismas. Nos echan a perder la mañana y el día entero con sus formas de supuesta atención al usuario.

Si en las tiendas es criticable, en las dependencias más: recepcionistas mal encaradas, groseras, sin tacto ni modo, sin capacidad inteligente para superar las contingencias que se presentan vemos todos los días y la verdad, como dicen algunos amigos gallegos: nos joden la existencia.

Desgraciadamente lo vivimos todos los días, y cuando nos quejamos ante los superiores, por lo general encontramos caras amables que nos ofrecen una disculpa “de todo corazón” y prometen poner remedio al asunto. Nada más falso que lo anterior, porque vamos luego de varios días o semanas, y encontramos a los mismos patanes tratando mal a la gente, que no podemos decir “atendiendo”, ya que ni idea tienen de lo que ello significa.

Trámites de consultas, licencias, pagos, gestiones, permisos o lo que sea son desechados de sus estándares de calidad por estos supuestos servidores públicos que lo que menos tienen es ese concepto grabado en su mente o corazón.

¿Qué se puede hacer ante lo inevitable?

Demandar quizá, exponer la queja formal y oficial –valga la redundancia y comentario- para que realmente se le de seguimiento y se mejoren las cosas, porque no es posible que haya este tipo de personas, menos, cuando llegamos en estados de angustia por la salud o el trámite que debemos realizar, y vemos con profunda tristeza que la gente sigue igual, sin cambio alguno, y sin interés en ayudar o al menos, cumplir con su deber.

Estos parásitos de las nóminas debieran desaparecer: van a servirse de todas formas a costa de los demás, y en ese sentido, nos ofrecen una dosis de amargura que perjudica nuestra salud, nuestro día… nuestra existencia.

Las contralorías podrían tener alguna función real y valedera para este tipo de casos, ya que no es posible permitir que nos traten como nos tratan. recordamos aquellos tiempos que no han cambiado mucho que digamos, donde llegaba uno a solicitar servicio y había que llegar literalmente “mentando madres” para que nos trataran bien.

En semanas anteriores comentamos del mal trato que se recibe en algunas dependencias, pero al parecer no importa mucho lo que la gente piense o sufra, mientras no se toque al jefe, no se digan cosas del funcionario en cuestión.

Todos son perfectos, carismáticos, sencillos, accesibles… aunque nunca se les pueda ver y nos quieran hacer el favor de darnos una audiencia o de recibirnos –como pomposamente dicen sus secretarios particulares- cuando en verdad están ahí porque alguien pensó que tendrían el tino y la inteligencia necesarias para hacer frente a una ventanilla, trabajo tan sencillo que requiere vocación, preparación y formación personal, pero sobre todo, el ponerse en los zapatos de los usuarios o derechohabientes.

Nada más sencillo que ofrecer una sonrisa y tratar de resolver la problemática de la gente que acude por el servicio.

Es donde pensamos que las autoridades competentes –y no tanto- pueden hacer algo por justificar esos salarios que grosera y ostentosamente ganan sin devengar.

Los ciudadanos merecemos un buen trato y esta gente se ha contratado para darnos ese trato que requerimos.

¿Es mucho pedir?

Para la autoridad no es mucho, porque para eso están, pero para ese grupo de animales inadaptados, groseros y patanes, sería como pedir peras al olmo.