Somos una sociedad curiosa: nos quejamos de todo y asumimos todas las culpas de lo que acontece. Participamos en todo tipo de acciones discriminatorias pero nos asustamos cuando somos objeto de algún tipo de marginación o alguno de los nuestros no obtiene lo que pensamos, por derecho y méritos, le corresponde.
Vemos en las escuelas de nivel preescolar como se hace menos a algunos pequeños por parte de compañeritos y profesores y no hacemos mucho caso hasta que nos toca en carne propia.
En las primarias y secundarias, hoy en día llamamos “bulling” a esa discriminación que se ha sufrido por siempre, y que se permitida voluntaria e involuntariamente por los profesores que, algunos, ignorando ver lo que sí ven, y otros, de plano por falta de preparación no atajan a tiempo.
Se han documentado casos de chicos que sufren de violencia grave a partir de estos acontecimientos, o que la ejercen como respuesta a tanta presión social de que son objeto. No es bueno, sin duda alguna.
En las escuelas y la sociedad, ser obeso, moreno, con rasgos indígenas, bajo de estatura o muy alto pareciera que es un grave pecado que se castiga con la burla extrema.
Gritos de “gordo”, “negro”, “enano” y otros más son lo más común hace años caminar con la cabeza a rape no era lo mejor: no paraba la gente ignorante y estúpida de gritar “pelóooooon” pensando que con eso ya eran felices o que nos ofendían. Hemos sido objeto de distintas burlas en varias etapas de nuestra vida.
Como enfermos de algún padecimiento también somos objeto de burlas y demás, pero hay aspectos que no hemos considerado como discriminatorios y que verdaderamente impactan en nuestra familia, nuestra pequeña red social, la que sí vale, la verdadera.
Llegar a la cuarta década de existencia, o peor aún, raspar la tercera apenas significa ya un motivo de preocupación porque seremos objeto, seguramente, de esa discriminación que tanto daño hace a la sociedad: la discriminación laboral.
Suficiente tenemos con no poseer estudios suficientes que pseudo avalen lo que somos o sabemos como para todavía soportar lo que viene que se convierte en un verdadero infierno.
Se olvidan los que gobiernan y los que dirigen empresas que son gente de más de 40 y que necesita llevar el pan a su casa; se olvidan que tenemos necesidades y no nos dan la oportunidad de mostrar lo que valemos, en aras de que ya estamos viejos para una nueva oportunidad, y si somos jóvenes, también sucede algo similar: no tenemos la experiencia necesaria.
¿Quién accede al mercado laboral?
Los muchachos que son hijos de amigos de quienes nos gobiernan y que tienen garantizada su plaza laboral bien remunerada, sepan o no trabajar, ya que eso es lo de menos. Estamos inundados de jovencitos faltos de conocimientos y experiencia, pero que han aprendido muy rápido el arte del “ser alguien”.
Y con este término nos referimos a los que hoy pomposamente se hacen llamar “secretario particular” o “secretario privado”, y que cierran sus puertas del despacho, encerrándose en una estéril y estúpida burbuja cristalina donde no entran las necesidades de la sociedad ni de nadie que no sea sus contactos del “Face”, porque eso es lo que hacen todo el día: chatear y negar audiencias y trámites.
No les hable usted un poco fuerte porque se ofenden y congelan todos sus trámites; tampoco se le ocurra exigir una cita –que no es audiencia, esas solo Dios- porque se la concederán allá por marzo o abril del siguiente año, si bien le va, claro está.
Esos son los que debieran castigar, porque la discriminación laboral que impacta a la fuerza productiva de nuestra sociedad es causa en la mayoría de las ocasiones de ese pequeño y difícil grupo que impide nuestro desarrollo.
Tuvimos dos experiencias de este tipo, una de ellas en el tercer piso de Gobierno, y es fecha en que no hemos sido dignos de recibir la cita con quien requerimos, porque a su secretaria particular se le ocurrió que, simplemente, “no somos dignos” de hablar con su jefe. Ironías, ¿no?. Y hace dos años, eran personas sencillas, normales… los cambios que orillan a la discriminación son malos, difíciles… y comunes.