El tema de los apoyos a quien estudia siempre está sujeto a debate por lo que estamos acostumbrados a ver y escuchar; mucho de lo que se dice forma parte de esos mitos o “historias urbanas” que tienden a deformar la realidad.
Las autoridades educativas y en general del gobierno tienen una serie de estímulos para quienes estudian y, desgraciadamente, para quienes no lo hacen y se disfrazan de estudiantes.
En tiempos de inscripciones dentro de los planteles de la Universidad Autónoma de Tamaulipas se vive un completo viacrucis: los directores sufren de alguna manera el acoso de mucha gente en arras de autorizar los descuentos pertinentes.
Lo que no está sujeto a discusión es el que un alumno llegue con promedios de 9.5 o 10: ese muchacho o muchacha no tiene nada que exigir o solicitar, nada que rogar: en automático tiene su beca por aprovechamiento, criterio que emplean otras dependencias, aunque hay que hacer la solicitud.
Para los de “10 limpiecito” existe el programa de Becas de Excelencia instrumentado en la UAT y que favorece con una suma atractiva de dinero para esos muchachos que realmente lo merecen.
La Secretaría de Desarrollo Social tiene programas de apoyo para quien estudia y necesita de ello, porque sus condiciones socioeconómicas no le permiten sufragar los gastos que origina el estar preparándose para el futuro. Igual sucede en las instancias estatales, donde inclusive, existían una serie de becas que surgían de la oficina de Compromisos del Gobernador del Estado, es decir, había apoyo para los que lo merecen.
Pero no todo es realmente como debiera, porque existen una serie de grupos –sindicatos, organizaciones y más- que piensan que por el hecho de pertenecer a ellos, sus hijos están sujetos al beneficio de una beca, término mal empleado porque becar a alguien es otorgar los beneficios de seguir estudiando sin que tenga necesidad de pagar, así de claro.
Cada vez se cierran más las posibilidades para los que no estudian: los indicadores son más exigentes y no es fácil lograr una beca sin merecerla, o al menos, es más difícil: no todos pueden hacer la trampa necesaria, para que se entienda.
Los otros criterios son las condiciones sociales y económicas de las familias: no sabemos de alguien que haga estudios socioeconómicos para determinar el grado de necesidad de este tipo de apoyos.
La UAT otorga apoyos que van desde el 10 al 100 por ciento a sus estudiantes, de acuerdo a solicitudes, capacidades intelectuales y materiales.
En algunos casos, suponemos que no es precisamente algo que se pueda aplaudir porque existen esos vividores que gozan del privilegio anteriormente señalado sin que se pueda decir que lo han logrado por esfuerzo propio.
Somos de la idea de que debe existir en el estado una instancia –oficina, dependencia o algo similar- que regule el otorgamiento de becas en base a dos criterios: capacidad de aprovechamiento y capacidad de pago.
De esa forma, se garantizaría algo más justo, porque hay muchachos –los conocemos- que tienen verdadera necesidad de apoyos y no alcanzan, ya que existen límites para ello, y en ese tenor, cuando les toca el turno, ya no hay presupuestos.
En algunas escuelas dicen que habrá determinado número de apoyos, y faltarían otros más para esos brillantes sin oportunidades o conocidos que les ayuden a gestionar su estudio.
Debe existir un verdadero filtro, dejarnos que por ser hijos de tal o cual profesionista, de tal o cual funcionario o de tal o cual amigo se les debe otorgar una beca.
Esas, sin lugar a dudas, deben ser para los estudiantes que brillan y son pobres.
No más criterios, pues.
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