Recién nacido David, doña Bertha me llamó para decirme que tenía un regalo para él: era una emotiva medalla con la imagen de Juan Pablo II, entonces Papa de la Iglesia católica.
En su casa, me dijo: “mire, todo mundo da consejos a los primerizos, que si hay que darle de comer tal o cual fórmula, que si el pañal y muchas cosas más; solo le diré que el consejo que tengo para usted es que consienta a su hijo, porque cuando menos esperamos, ya están jugando con los amigos, y en seguida, están con la novia. Los dejamos que tomen su camino y no están más con nosotros”.
Cuánta razón tenía doña Bertha Zurita en aquel entonces y ahora. Los hijos son prestados y tenemos que aprender a manejar su formación de acuerdo a la capacitación que a diario nos ofrece la bien llamada “Universidad de la Vida”, y que no es más que el esfuerzo cotidiano que llevamos a cabo mañana a mañana, tarde a tarde… noche a noche.
Aprendimos a ser padres con las limitantes que existen en cada uno de nosotros. Fuimos, eso no tiene duda ni discusión, la más amorosa de las opciones para nuestros hijos. Yo estoy cierto y satisfecho de ello, porque nadie puede dudar que en cada uno de los tres tesoros he puesto lo mejor de mí, y, en caso de que se dude, con el debido y fraterno respeto, no es asunto que deba quitarme el sueño.
Yo sé, bien que sé, que he hecho lo mejor de mi esfuerzo en aras de que ellos estén bien en todos sentidos, y Dios podría constatarlo, pero me basta, sinceramente, con sentirme satisfecho de mi labor de padre.
¿Errores? ¡Muchos!, sin duda alguna. Demasiados para ciertas personas, suficientes para otras y pocos para los que amorosamente me miran, pero no dejan de ser errores y fallas que como padres todos cometemos, aunque, permítaseme insistir, son cometidos con todo el amor del mundo.
Quisiéramos que ellos, los hijos, nunca tuvieran problemas, que los escollos fueran superados automáticamente, sin embargo, hemos de permitir que, como seres humanos, igual que nosotros, caminen y sepan lo que es el aire frío y el viento gélido, que entiendan lo que es andar entre cadillos o levantarse en un campo de piedras filosas.
Quisiéramos que tuvieran las mejores instituciones educativas y en ocasiones hacemos el esfuerzo por lograrlo, aunque los frutos no sean los que todo padre desea. Quisiéramos que aprendieran a valorar todo cuanto les rodea: el ambiente, la naturaleza, la familia, la escuela, la comida, las calles de Victoria o el camellón del Libramiento; que supieran cual música vale la pena y que decidieran en base a sus gustos qué escuchar y así, muchas cosas más.
Pero también, quisiéramos que se forjaran con la reciedumbre que tuvieron los abuelos y que les enseñaron a aguantar temporales.
Son lo más valioso que tenemos, y nos hemos inscrito en forma casi automática en la Universidad “De la Vida”, donde somos aprendices, alumnos neófitos que tratan de ser mejores cada día y aplicar los conocimientos en la formación de los hijos, lo cual, nunca concluye.
Y en esa Universidad cotidiana, encontramos a los mejores profesores: los padres, los hijos, los hermanos, los tíos, sobrinos y amigos: todos ellos, conformando el más granado cuerpo docente, porque nos enseña a soportar, a decidir, a sostener y a corregir.
Pero los alumnos somos a veces testarudos y difíciles de aprender, cuando somos sometidos al juicio de esos profesores de la vida, en donde hay de todo tipo: comprensivos, intolerantes y cariñosos, amorosos y duros, fríos y demás.
Somos nosotros los que tenemos que aprender a caminar entre todos ellos sin que dañen nuestro corazón o nuestros sentimientos, con la certeza de que siempre hemos de tener esa fuerza que necesiten cuando nos pidan nuestro apoyo, sea éste de cualquier tipo.
Y cuando consideren que sobramos, que no somos indispensables, ¡vaya! Ni siquiera necesarios, que aprendamos a entenderlos y hacernos a un lado, pidiendo al Supremo Creador que los ilumine hoy, mañana y durante toda su existencia.
No podemos hacer más que eso.