Validar el trabajo y su calidad

No es fácil evaluar la calidad del trabajo de los demás: se requiere partir de un “algo” que sustente que existe y se aplica en bien de los demás.
Las instituciones oficiales, a partir de unos cuantos años, se han dado a la tarea de ufanarse de haber sido certificados por instancias determinadas que dan peso a su calidad, es decir, que avalan lo que se hace y le otorgan un estatus determinado.
Como en todo, suele suceder que hay quien descalifica estos procesos por razones justificadas o no, pero que minimiza el esfuerzo de los demás.
Siempre hemos sido especiales y tenemos la mala costumbre de pensar que somos los mejores, los únicos, y que los demás no tienen el peso que pudiéramos tener. Nada más alejado de la realidad, y todos lo sabemos.
Hay actividades en las que no estamos de acuerdo y no por eso dejan de ser valiosas. El arte es un claro ejemplo: ¿Qué es más hermoso, un cuadro renacentista, impresionista, cubista o modernista?
Depende de los gustos que tenemos decidiremos qué es más hermoso para nuestros ojos y nuestras necesidades.
Periódicamente decimos en la clase de fotografía que no podemos juzgar un desnudo perfecto con un paisaje perfecto o un contraluz perfecto: los tres merecerían ser el número uno, sin embargo, como jurados, nos inclinaremos por uno solo. ¿y los otros dos, qué?
Y en las instituciones se abren sistemas para evaluar la calidad de sus miembros, para considerar si el “producto” final es bueno o no, y se presume con placas de metal la famosa certificación; surgen las llamadas ISO-9000 y muchas más, y consejos especializados en acreditar, pero todos sabemos que muchas veces la información que se otorga a éstos no es la que se apega a la realidad.
Recordamos que cuando venía a visitarnos un presidente de la República, se pintaban las calles, se arreglaban los semáforos y todo cuanto estuviera a la vista del mandatario. Pasaba la gira, y todo volvía a la normalidad. Estos criterios, desgraciadamente, aún persisten en varias partes, para desgracia de quienes vivimos en cualquier ciudad o entidad.
Los investigadores tenemos también parámetros que debemos cubrir para demostrar nuestro trabajo. Es muy presuntuoso llamarse investigador en ocasones, cuando lo único que realizamos es un trabajo para dar a conocer ciertos temas de acuerdo a “nuestra” verdad”, nuestro criterio o nuestro punto de vista.
Nadie tiene la razón absoluta: en estos menesteres lo único absoluto es que dos mas dos suman cuatro y no hay vuelta de hoja.
Hay en ciertos sectores una gran falta de honestidad al enviar los criterios de evaluación, con tal de sacere el puntaje necesario que nos ubique en buenos términos.
Las instituciones y dependencias lo hacen para acceder a otros niveles de apoyos y reconocimientos.
Pero, ¿Es verdad todo lo que escuchamos o leemos?
Esa pregunta debiéramos hacerla quienes estamos sujetos a una evaluación cuantitativa, porque en aspectos cualitativos, puede ser más importante y determinante un investigador que ha llevado a la teoría un solo tema en todo el año que el que ha presentado diez trabajos, fusilados, copiados o que le han agregado como firma alterna por amiguismo o compadrazgo.
Entonces, el medir la calidad de los aspectos sociales es tan difícil como pensar que el ser humano es perfecto.
En broma, decía a mis amigos cuando me preguntaban quien era el mejor fotógrafo de Victoria: “para mis hijos, soy yo, porque si dicen lo contrario no les doy domingo”. Era una forma de demostrar que el corazón y los gustos tienen que ver con el reconocimiento a la calidad.
Reconozco grandes protagonistas de la fotografía, el periodismo, la investigación y las ciencias sociales. De la forma más natural, doy mi opinión y espero, exijo, sea respetada como cualquiera otra. Es mi forma de ver el mundo y lo que le rodea, así de claro.
La calidad del trabajo la valida la sociedad, y no hay más, desde mi punto de vista, pues.
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