Resultados al esfuerzo

Siempre hemos pensado que los exámenes finales, sean de un período, semestre o año escolar son lo más injusto que puede haber: no es posible que en un panfleto con reactivos se pueda juzgar el desarrollo de un estudiante, sea cual sea su nivel académico.

En la Secretaría de Educación Pública nos acostumbraron como alumnos desde hace décadas, a presentar examen final y estar sujetos a esa calificación, que en ocasiones se tornaba totalmente injusta, porque hay personas a quienes los nervios les traicionan en una fecha tan significativa, y todo el aprovechamiento y experiencia lo echan por la borda en una o dos horas.

Pero muchos estudiantes están sujetos a esas políticas anacrónicas que no reflejan realmente lo que uno aprende: cuando se estudia, los profesores tienen el tino –o deben tenerlo- de saber quien vale la pena que apruebe, por su participación y demostraciones en clase. Alguien atrevido que utilice el famoso “acordeón” puede tener calificaciones de excelencia porque el maestro no detectó el fraude, sin embargo, no podrá desarrollarse adecuadamente.

El problema de lo anterior es que “padecemos” de la existencia de profesores sublimes, divinos, sagrados, o prácticamente intocables que suponen que después de Dios están ellos: hay algunos, con tan enorme soberbia que aseguran a sus alumnos que “el diez solo es del maestro: a lo que ustedes aspiran es a un nueve, cuando mucho”, y eso lo vivimos en nuestros años de formación. No nos lo contaron.

Otros, suponen que el alumno debe ir a suplicar una calificación determinada, y se empeñan en poner trabas para que éste demuestre sus capacidades académicas: le cuestionan hasta el color de la cinta de los zapatos y cosas que nada tienen que ver con sus asignaturas.

Esos, deberían darlos de baja, desaparecerlos de las escuelas e incorporarlos a otras labores menos importantes, porque su criterio no da para más.

Pero hay otros que entienden que el alumno debe desarrollarse adecuadamente y le facilitan las formas de aprendizaje.

Hemos visto profesores que preguntan al final de clase: “¿tienen dudas?”, pero si el alumno las externa, se enojan y le bajan puntos, desalentando la participación del estudiante. Los hay, en realidad. No es broma.

Pero también existen, como dijimos, los que propician nuestro aprendizaje, los que saben que es importante aprender a buscar y entender los libros y el conocimiento en general: los que saben que ser maestro no es sentirse más que sus pupilos, que entienden el compromiso tan grande que significa esta noble labor.

Hay maestros de verdad, a quienes es justo mencionar y recordar en todo momento; los profesores que tratan de entender al alumno o alumna, poniéndose en el lugar de él y no han olvidado sus años de estudiantes.

No se han sentido ni “máster” ni “doctor” ni nada más que simples facilitadores del conocimiento.

Esos son los que valen, sin lugar a dudas.

En tiempos de evaluación dentro del sistema de la Universidad Autónoma de Tamaulipas, los muchachos están esperando sus calificaciones finales de período. Deseamos de todo corazón que sean justas en base a sus esfuerzos realizados, y que los profesores que les asignaron para las cátedras correspondientes sean lo suficientemente justos, y demuestren con esa medida su verdadero valor como formadores de recursos humanos.

Los que no quisieron asistir o cumplir, tendrán su justa paga y deberán asistir a evaluaciones extraordinarias que, seguramente, tampoco aprobarán por falta de conocimiento.

Pero en tiempos de evaluaciones, deseamos lo mejor a cada uno de esos jóvenes –y no tanto- que hacen su esfuerzo por superar sus conocimientos a través de nuestra Alma Mater tamaulipeca.