Querido maestro:

Mayo con sus festejos: en esta ocasión, tenemos el día que se dedica a honrar a los maestros, los profesores, los que enseñan a muchos infinidad de cosas, aunque la realidad a veces choca con el romanticismo de la fecha.
Escribo para ti, maestro que todos los días inicias tu jornada agradeciendo al Supremo Creador el haber nacido y haber tenido la oportunidad de estudiar para enseñar, de procurar técnicas pedagógicas y humanas que te lleven a formar recursos humanos en las escuelas de todo nivel.
Desde preescolar, donde tenemos una importante base de disciplina y rutinas, de estudio y convivencia, a la primaria, donde las primeras letras y operaciones aritméticas son parte de nuestra cotidianeidad; en la secundaria, avanzamos –supuestamente- para aprender qué sucedió con la humanidad y por qué estamos hoy como estamos. Llega el bachillerato, cuando deberíamos haber aprendido técnicas de investigación, y desarrollado las de comprensión lectora y redacción, aunque nuestros muchachos llegan a la universidad sin saber hacerlo.
Es ahí, en la Universidad, la educación llamada superior, donde los maestros procuran que los jóvenes tengan herramientas necesarias que les permitan enfrentar su vida en la rutina de todos los días, haciendo de ésta una nueva experiencia. Quizá el calificativo de “rutina” no sea el adecuado, porque no debemos enseñarles a ser mediocres, rutinarios, conformistas.
Maestro, escribo estas líneas recordando tu protagonismo en mi formación: desde el inolvidable maestro Lechuga de primero de primaria, a los de secundaria, bachillerato y la universidad: ahí, en ésta última, hay muy buenos e inolvidables recuerdos, aunque otros no merecían la oportunidad para ostentarse como profesores.
Ya en la maestría, recordar aquellas personas que con su inteligente sabiduría nos mostraron caminos importantes dentro del abordaje familiar y técnicas de tratamiento en la familia, para llegar a la etapa más reciente, la mejor quizá, por la calidad de sus elementos.
Nombres: Xosé Ramón Pousa Esteves, Xosé López García, Marcelo martínez Hermida, José Miguel Túñez López, Marita Otero, Antía López, Enrique Castelló y Margarita Ledo, todos, de la planta docente de la Universidad de Santiago de Compostela, quienes fueron parte primordial en la formación del que ahora soy.
No se puede dejar de mencionar a gente como Mercedes Cancelo y su valioso apoyo, o a Montserrat Quesada, hasta Barcelona, cuya amistad y conocimientos hicieron posible el cumplimiento de una meta más.
Es justo reconocer a los maestros que han estado en la vida de uno, y el mas importante quizá es el que está en la casa: Alejandro, quien junto con Iola, la maestra de la vida dejaron en el corazón y la mente lo mejor de cada uno, porque nos enseñaron a formarnos con valores humanos congruentes con nuestra realidad: nos enseñaron a ser humanos y solidarios, a entender el corazón y los sentimientos de los demás.
Son los maestros de la vida, como muchos más que han transcurrido en el devenir de más de medio siglo de existencia.
Guillermo Magaña, el mejor y primer real maestro de periodismo, Pedro Camacho o José Fonseca. Muchos nombres que se escapan pero se recuerdan en el corazón, porque todos tuvieron protagonismo para lograr lo que hoy ostentamos.
Un orgullo haber pasado por las listas de alumnos de tan distinguidas personas.
Reconocer a los que nos formaron es justo. Paco y Fito: muchas gracias por sus enseñanzas y amistad, y a quien tuvo que ver, hay que entregarle el reconocimiento y el mejor de nuestros deseos.
Gracias, Xosé Ramón, por ser también maestro en la difícil disciplina de la solidaria amistad. Gracias, Marcelo, por ser un excelente maestro en el sentimiento humano. Gracias, Miguel, gracias Xosé.
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