La visita del presidente de México Enrique Peña Nieto nos lleva a hacer una serie de reflexiones en torno a la educación.
Fuera del encuentro que todos conocemos, Peña Nieto vino a inaugurar una instancia más para los maestros, y que nos mueve a pensar en la necesidad urgente, y sobre todo, permanente, de la actualización en este grupo de profesionistas, base para el desarrollo de una sociedad.
A veces, pesimistas que andamos, pensamos que los profesores no han dimensionado la magnitud de su labor en la sociedad, porque se preocupan por sus logros sindicales, sus salarios, su carrera magisterial, los puentes vacacionales, las jornadas de menos trabajo y, realmente, muy pocos, en dar a sus alumnos lo mejor de sí mismos, siempre apoyados en lo último en materia de desarrollo de acuerdo a las cátedras que imparten.
Les falta, pues, eso que los viejos llamaban “vocación”, y que los líderes sinvergüenzas se han empeñado en desaparecer.
Ser maestro no es un oficio ni una forma de vida: es un privilegio y se requiere de un tremendo amor por la profesión y por los educandos.
Si no se tiene ese amor difícilmente se podrá lograr una buena labor.
En el ámbito inicial hasta medio superior, muchos burócratas de la educación se llenan con cubrir informes de programas y planes de estudio; los profesores están preocupados por no tener índices de reprobación y dejan a los chicos cuestionarios para que estudien –así llaman a la memorización- y aprendan a contestar lo que se les pide, sin considerar la comprensión, que es básica para aprender.
Las instancias para mejorar deben ser continuas, permanentes, siempre presentes en todo profesional que ha abrazado esta increíble profesión, que se convierte en uno de los pasos más importantes para que todos podamos ser lo que somos, apoyados, claro, en todo momento por nuestras familias, principalmente los padres, en donde reside la más importante fuerza porque ahí se aprenden los valores humanos básicos, fundamentales para todo desarrollo.
Queremos encontrar profesores, maestros que realmente enseñen bien, que no nos hagan ser “memorizadores” ni máquinas de repetición de conceptos.
Queremos que nuestros chicos aprendan realmente, no que sean autómatas que repiten como pericos los conceptos.
Y en la Universidad, queremos profesores que compartan sus experiencias profesionales y didácticas, sus sistemas de enseñanza adecuados para aprender. Que no hagan como que enseñan por tener otros trabajos. Es algo que existe y está pendiente de resolver: urge que los profesores dejen de apoyarse en auxiliares y realmente acudan a la cátedra, que enseñen lo que deben y no hagan como que trabajan, porque de ellos depende que los muchachos tengan la preparación para la vida profesional.
Lo demás, como decía aquel hombrecito: es pura demagogia.
Ojalá estos institutos de mejoramiento profesional del magisterio dejen frutos positivos, que los maestros tengan conciencia de la importancia de su rol en la sociedad, y que hagan lo que deben hacer: preparar sus clases con profesionalismo y un tremendo amor por la enseñanza, que nos compartan el conocimiento y lo transmitan de la manera más adecuada.
Ahora que está de moda la enseñanza por competencias, esperamos que ellos, los profesores, tengan conciencia de qué se trata y lo apliquen adecuadamente a sus sistemas.
En ese tenor, los sindicatos y autoridades tienen una importantísima que deben desarrollar. Antes de eso, prepararse de la mejor manera posible par que los frutos se reflejen en un mejor desarrollo y avance dentro de la sociedad a la que nos debemos.
Si realmente amamos nuestro trabajo, vamos por el camino correcto, de forma contraria, habrá que buscar otra “chamba”, porque no merecemos el calificativo de “profesor”.