Los “cuates” Reyes

Hace apenas unos meses, uno de ellos dejó sus labores dentro de la Universidad Autónoma de Tamaulipas: los “cuates” Reyes son dos personajes que marcaron toda una época –y más- dentro de la vida universitaria de muchos de nosotros. Cientos… miles quizá, a lo largo de tantos años de servicio.
El primero en dejar la UAT fue Rodolfo –Fito, para quienes tenemos afectos ligados a su persona- porque decidió que era tiempo de dejar el camino libre para las nuevas generaciones. Benevolente con los demás, Fito ocupó diversos cargos dentro de la administración en la Unidad Académica de Derecho y Ciencias Sociales. Fueron tres décadas de servicio en las que hizo algo que pocos saben hacer: amigos.
Rodolfo Reyes Hernández es hijo de Rosaura, “Chawa” para los victorenses: una inolvidable mujer que desde su negocio ubicado entre las calles de Hidalgo 11 y 12 regalaba sonrisas y afecto a todo cuanto pasábamos por ahí. Inculcó a sus hijos la bondad y el don de gentes, el servicio y el permitirse entregar un poco más a los demás, con el corazón en la mano.
De tal forma que fueron herederos de la bondad de tan inolvidable mujer.
Fito se fue a casa a descansar después de haber sido coordinador de la carrera de Relaciones Públicas, hoy, Ciencias de la Comunicación; también fue encargado de asuntos de Protección Civil, profesor de tiempo completo y guía y amigo para los alumnos y maestros, personal administrativo y todo cuanto se cruzó en su camino. Hoy, Fito está en casa con su familia, disfrutando del beneficio de una jubilación más que bien ganada.
Le extrañamos en la escuela, sí, pero todos tenemos tiempos, y él consideró que cumplió con el suyo.
A partir de agosto, José Francisco dejó también la escuela luego de haber realizado los mismos trámites de jubilación merecida y ganada a pulso. Profesor y amigo, instructor, gestor, colaborador de muchos cargos, siendo el último el de ser responsable de las salas de la Unidad, cargo que manejó con excelsitud y benevolencia, la que conocemos de los Reyes Hernández desde siempre.
Paco deja entre nosotros, los que seguimos haciendo méritos, una imborrable huella por su calidad humana.
Pocos, muy pocos individuos podrían expresarse en forma inadecuada de Paco, el segundo de los cuates que deja la Unidad, y con ello, se reserva el tiempo para visitar a sus amigos que ha dejado sembrados a lo largo de más de tres décadas.
El camino no es fácil para el que deja sus labores, menos, cuando se trata de iniciar una nueva vida, pero nadie dijo que fuera fácil para los que nos quedamos en la escuela.
Hará falta su café matutino, su charla y sus gestiones. Hará mucha falta su “déjame hablar con tal o cual persona” para arreglar los asuntos de muchos de nosotros o gestionar ya sea un descuento, una gestión o facilitarnos el camino.
A los Cuates Reyes aprendimos a apreciarlos desde nuestra primera caminata por la calle Hidalgo. ¡Cómo no recordar aquellos viajes con Chawita para sus chequeos médicos! O como dejar de recordar esas mañanas en que, en un pequeño grupo de universitarios pretendimos “arreglar el mundo” y la política de nuestra máxima casa de estudios.
Se les puede acusar de cualquier cosa menos de ser benevolentes y sinceros, francos y honestos con los demás y consigo mismos.
Los jóvenes universitarios que pasaron –pasamos- por las aulas siendo ellos profesores, estamos mucho muy agradecidos por lo que aprendimos, y no tanto por los aspectos académicos, sino por lo aprendido en calidad humana, en amistad, en honestidad, en vocación de servicio.
La verdad es que les aprendimos mucho, pero principalmente, a ser amigos de verdad.
De que vamos a extrañar a Paco, ni duda cabe, pero cuando le veamos en cualquier calle de Victoria, el sabrá que sembró el mayor y mejor de los aspectos humanos: la calidad del ser, del individuo.
Bien merecido, Paco, y a disfrutar se ha dicho.
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